Estampas cubanas

Esquina del Pecado.

Por Orlando Carrió 

Antes de entrar en el tema, debemos aclarar, y así evitar las ideas maliciosas, que la Esquina del Pecado no recibe este nombre porque allí se detuviesen las sacerdotisas del amor impúdico que frecuentaban las calles habaneras durante los años cuarenta y cincuenta; nada de eso.

A ojo de buen cubero.

Por Orlando Carrió

Creo que nadie puede negar que durante los años cuarenta y cincuenta hubo tres frases que marcaron época en el anecdotario popular y hoy nos ponen alegres y evocadores: “ñámpiti gorrión”, “hay moros en la costa” y “a ojo de buen cubero”. Estas se parecen, un poco, a las ancianas postalitas intercambiadas con nuestros amiguitos y que, al menos para nosotros, eran verdaderos aguinaldos.

Palacio de Carneado.

Por Orlando Carrió

En la actualidad, cuando el calor veraniego extremo convierte a los cuerpos en hierro fundido, nos empapa de sudor y hasta nos provoca ciertas picazones, nadie en La Habana duda en poner rumbo hacia las vecinas playas de Bacuranao, Santa María del Mar y Guanabo en busca del chapuzón salvador de nuestras sufridas anatomías. Y que conste, en el afán de cumplir esta meta nos reímos de los obstáculos.

¡Mamá, yo no soy un zocotroco…!

Por Orlando Carrió

Aunque muchos no lo crean, en los planteles educativos, donde se supone que los muchachos se empinen para hacerse hombres útiles, pueden, a veces, desarrollarse verdaderas batallas campales entre los jovenzuelos más dotados por la naturaleza y los que tienen algún tipo de “defecto de fábrica” o no fueron atendidos con esmero por las generosas musas.

Nuestra primera aviadora.

Por Orlando Carrió

A veces, las puñaladas aparecen cuando menos las esperamos. Berta Moraleda está muy bien instalada como telefonista de la Pan American Airways en La Habana de los inicios del siglo XX hasta que ocurre una catástrofe. Esta empresa intenta obtener el control del correo por vía aérea y no tiene más remedio que ceder ante el chantaje del régimen de Gerardo Machado, quien a cambio del polémico contrato, exige el despido de la criolla para favorecer a una gringa, zurda en las labores de oficina, que solo chapurrea un poco el español.

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