Estampas cubanas

¡Mamá, yo no soy un zocotroco…!

Por Orlando Carrió

Aunque muchos no lo crean, en los planteles educativos, donde se supone que los muchachos se empinen para hacerse hombres útiles, pueden, a veces, desarrollarse verdaderas batallas campales entre los jovenzuelos más dotados por la naturaleza y los que tienen algún tipo de “defecto de fábrica” o no fueron atendidos con esmero por las generosas musas.

Nuestra primera aviadora.

Por Orlando Carrió

A veces, las puñaladas aparecen cuando menos las esperamos. Berta Moraleda está muy bien instalada como telefonista de la Pan American Airways en La Habana de los inicios del siglo XX hasta que ocurre una catástrofe. Esta empresa intenta obtener el control del correo por vía aérea y no tiene más remedio que ceder ante el chantaje del régimen de Gerardo Machado, quien a cambio del polémico contrato, exige el despido de la criolla para favorecer a una gringa, zurda en las labores de oficina, que solo chapurrea un poco el español.

¡Tengo tremendo chichón!

La punzada del guajiro fue muy popular en nuestros campos.

Por Orlando Carrió

Es increíble la destreza que tenemos los cubanos para reírnos de nuestras propias desgracias. En realidad, en esta Isla siempre se le pone una cara feliz al mal tiempo y se disfraza con alas de ángel al mismísimo Diablo. Cualquier cosa puede pasar: un ciclón, un derrumbe, un accidente en plena vía pública, una inundación, un ahogado en la playa, un dolor de muelas del sobrinito o una inoportuna tempestad estomacal. El más escabroso de los sucesos sirve para improvisar una broma, darle una palmadita en el hombro al prójimo, inventar o exagerar los detalles y burlarse sin escrúpulos del más pinto.

Monsieur Chocolat, el esclavo cubano que se hizo payaso en París

Por Orlando Carrió   

Rafael Padilla, o mejor, Monsieur Chocolat, lo tiene todo para perder: es un niño esclavo, negro, pobre y analfabeto; sin embargo, con los años se transforma en el primer payaso cubano de color que triunfa en París durante la belle époque y, ante el asombro de muchos, se transforma en un hombre rico, famoso y lleno de excesos, ícono de la cultura popular francesa y amigo, entre muchos miembros de la alta sociedad, del célebre pintor Henri de Toulouse-Lautrec, quien lo inmortaliza con una litografía en la que se le ve bailando en el Irish Bar.  

Pillo Chocolate.

Roberto González Cobo con sus primeras mascotas.

Por Orlando Carrió

Durante un largo peregrinaje que hice por La Habana Vieja en 2007 conocí, en la angosta calle Obispo, dos perros salchichas o salchichones (de la raza teckel) que “chocan las cinco”, dan la hora, usan el teléfono, entienden varios idiomas, cantan La Guantanamera, rechazan los dólares norteamericanos y hasta gruñen rabiosos cuando escuchan el nombre del entonces presidente norteamericano, George W. Bush, a quien intentan “dispararle” con un arma de mentirita…

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