Amalia e Ignacio

Una historia de amor: Más allá del tiempo y de la muerte
 
Por Lázaro D. Najarro Pujol
 
Una de las más bellas y fascinantes historias de amor, que transcendió su época y su espacio, la protagonizaron en Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, Amalia Simoni Argilagos e Ignacio Agramonte y Loynaz.
Ni el tiempo ha podido borrar de los sentimientos de los cubanos ese encantamiento amoroso, ese eterno y mágico amor entre Amalia e Ignacio, como música esparcida por el viento. Todos los días en cualquier sitio de la ciudad se evocan algunas de sus hermosas cartas
“Cómo gozaría si fuera yo y no mi retrato y mis cartas tu compañero cuando coses. Cuando aquí salgo al campo y tomo alguna flor, me es triste no poder ofrecértela y contemplarla entre tus cabellos negros. El campo hace más crudos los tormentos de la ausencia. Yo no te pido más amor, porque no se puede amar más”.
Amalia recibió una esmerada educación. Era una joven muy bella, culta y encantadora. Dominaba tres idiomas. Tomó lecciones de música. Perfeccionó sus estudios de piano en Roma, París y Florencia.
Su padre, Don José Ramón Simoni, contaba con una inmensa fortuna. Precisamente tras regresar a Camagüey en la década de 1860, después de cinco años en el extranjero, Amalia conoce a Ignacio e inician el noviazgo.
Ignacio se encontró con Amalia durante sus vacaciones en su ciudad natal. Era estudiante de derecho de la Universidad de La Habana. Un joven alto, delgado y muy pálido, pero no de una palidez enfermiza. Escribió Aurelia Castillo González, que era una “palidez de fuertes energías reconcentradas”.
 
Bellas cartas
 
Ese amor pleno que ambos se profesaban quedó plasmado en las bellas cartas escritas antes y en el contexto de la Guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878).
“No puedo disminuir mi cariño hacia ti por ningún motivo. Anoche, como ahora, y como siempre, mi amor es infinito y toda mi dicha se cifra en tu felicidad: daría toda la que yo pudiera disfrutar por un solo momento de contento para ti: saborearía los mayores dolores con placer por ahorrarte el más insignificante de los tuyos.”
En el hermoso jardín de la casa quinta Simoni ocurrían los frecuentes encuentros de los dos enamorados: “Te debo más, Amalia de mi vida, que quien me dio la existencia”.
El noviazgo de Amalia e Ignacio duró dos años, tiempo suficiente para contraer matrimonio el 1 de agosto de 1868. Pero el deber con su otro gran amor, la Patria, llama y tres meses después de jurar ante el altar amor eterno, Ignacio marcha a la manigua y se incorpora al Ejército Libertador.
Al decir de José Martí:, “¿Y aquel del Camagüey, aquel diamante con alma de beso? Ama a su amada Amalia locamente; pero no la invita a levantar casa sino cuando vuelve de sus triunfos de estudiante en la Habana, convencido de que aún tienen todavía mejilla aquellos señores para años: “no valen para nada ¡para nada!”.
En un pequeño bohío, al que Ignacio bautiza con el nombre de El Idilio, cuando el guerrero llegaba fatigado del combate, era recibido por su Reina bien arreglada y vestida con una bata blanca, porque a decir de Martí: “Sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre”.
 
El exilio
 
Detenida, Amalia Simoni es obligada a marchar al exilio. Viaja a la ciudad de Nueva York, con su hijo Ernesto Ignacio de brazos, y en su vientre, a Herminia, quien nace en un país extraño.
Con sus joyas pagó los primeros días de estancia en Estados Unidos. En su casa se reunía con los cubanos que luchaban por la independencia de Cuba, entre otros José Martí.
Veía muy lejos la posibilidad de acariciar el rostro de su amado y temía por su vida. El 30 de abril de 1873 le escribe desde Mérida, en la única carta que se conoce de Amalia
“Por Cuba, Ignacio mío, por ella también te ruego que te cuides más. Estoy más tranquila porque me parece ver tu semblanza adorado, y adivinar en él que me ofreces cumplir lo que tan encarnecidamente te ruego. ¡Ay, si pudiera hablarte siquiera una hora!” 
El 11 de mayo de 1873, el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz cae en combate en los potreros de Jimaguayú, después de participar en más de 100 combates. No había cumplido los 32 años de edad.
Francisca Margarita Amalia Simoni Argilagos jamás buscó un amor que pudiera sustituir el que sentía por Ignacio. Cuenta la historia que una multitud emocionada acudiría el 24 de febrero de 1912 a la ceremonia de develamiento de la estatua ecuestre de Ignacio Agramonte y Loynaz.
Envuelto el monumento en una enorme bandera cubana, una anciana venerable tira del cordón que anuda el pabellón de la estrella solitaria.
La estatua ecuestre a El Mayor, fundida en bronce, como su base de granito, fueron elaboradas en Roma, Italia, por el escultor Salvatore Buemi.
Enferma, en 1918, Amalia Simoni viaja a La Habana y la noche del 23 de enero de ese año, a punto de fallecer, le pide algo a su hija: debajo de la almohada guardaba las cartas de su amado Ignacio: 
“El bien que me hacen tus cartas es inexplicable, Amalia mía; yo no puedo expresarte lo que siento cuando en ellas leo que nadie me idolatra como , que a nadie le hace tanta falta mi cariño como a ti; una propuesta tuya de amor, Amalia, siempre produce el mismo efecto que la primera vez que pude comprender que me amabas.”

Categoria: