Aventuras de Mazzantini en Cuba.

La Bernhardt y Mazzantini: un romance que se grabó en el vitral de La Habana colonial.

Por: Orlando Carrió

Luis Mazzantini Eguía es tan conocido en nuestras tierras que parece nuestro, a pesar de su sangre española. Su celebridad se asienta en una frase casi épica: “Hombre, ¡eso no lo consigue ni Mazzantini el torero!”. El mataor se hizo presente en los ruedos habaneros en la temporada 1886-1887, donde, aunque no pudo brillar tanto como su coterráneo Guerrita, mantuvo un romance de escándalo con la trágica y caprichosa actriz francesa Sarah Bernhardt, la “Voz de Oro”, a quien le regaló una carísima sortija y una corrida a puertas cerradas en la que una orquesta de negros tocó un singular cancán. Pero hay más…

 Nacido el 10 de octubre de 1856 en el País Vasco, el lidiador recibió una esmerada educación y fue condenado desde su juventud por sus padres a ser un anónimo empleado de ferrocarriles y telégrafos. Sin embargo, muy pronto cambiará el sombrero de copa por la montera, la levita por la casaquilla y los aparatos de física por el estoque y las muletas.Y que conste,no tenía motivos para temerle al descalabro: poseía un trato caballeresco y una charla amena; además de su lengua madre, hablaba con total soltura el italiano y el francés. Exhibía un rostro simpático de conquistador; era alto y ligero como el gamo y en su alma tenía clavados el arrojo y la serenidad ante el peligro.

Por lo dicho, cuando Mazzantini, conocido como el Rey del Volapié, llegó a nuestras playas, era ya una auténtica celebridad capaz de satisfacer a los públicos más energúmenos, lo cual, por supuesto, no le impedía asistir a tertulias literarias o a la ópera; seguir las últimas tendencias pictóricas a través de sus amigos artistas, y charlar con la mayor naturalidad con miembros de la familia real y de la alta sociedad española.

En La Habana, según sus memorias, se paseó a gusto por las plazas taurinas de la habanera calle Belascoaín, entre Virtudes y Concordia, y de la Calzada de Infanta, casi llegando a Carlos III, donde les dio lecciones de solidaridad a picadores, banderilleros y muleros; se ganó el apoyo de los jóvenes aristocráticos de leontinas y chisteras, y arrebató a las damas casaderas de peinetas y cabellos vasallos, quienes iban al espectáculo con vestidos de vuelos de muselina, el collarcito del pundonor y una  probable mantilla de encaje granadino como garantía del seguro flechazo.

Según el Diario de la Marina, Mazzantini aceptó representar un papel dramático en la pieza Echar la nave, estrenada en un teatro capitalino en beneficio de un colegio y asilo de niñas pobres; asistió a un juego de béisbol, deporte recién estrenado, y tuvo tiempo para confesarle a un gacetillero su decepción porque los criollos preferían las bullangueras peleas de gallo antes que a los toros.

No obstante, el gran acontecimiento de su estadía habanera fue, sin duda, el referido amorío con la Bernhardt, una dama de origen muy humilde y madre meretriz, “con cara de virgen y cuerpo de palo de escoba”, como la define el novelista Alejandro Dumas. La artista arribó a la capital a principios de 1887 acompañada por varias jaulas repletas de pájaros y otros animales, un curioso ataúd de palo de rosa y una nutrida corte de actores. Aquí dio los escándalos de siempre y siguió amando el triunfo y la muerte (nadie “fallecía” mejor que ella en escena), hasta que conoció a Mazzantini.

El rey del capote rojo y de unas verónicas de leyendafue a verla actuar varias veces al Gran Teatro Tacón, actual Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Ella le devolvió el cumplido en una corrida, vestida con un ridículo atuendo manchego, y el “vino quedó añejado”. Manuel Henríquez Lagarde, en la estampa El matador y la diva —dada a conocer por La Jiribilla—, hurgó en lo sucedido:“Mazzantini (…)fue a su encuentro en el hotel Petit, en la Chorrera, donde ella estaba hospedada. Pasaron el día pescando y cazando juntos, y cuando el sol empezó a hundirse más allá de la desembocadura del río Almendares, ella lo invitó a subir a su habitación en el último piso. A él le sorprendió la cantidad de animales sueltos en el cuarto. Ella empezó a desvestirse y él le vio en su flaco estómago una marca de quemaduras de la que se hablaba. Desnuda toda, se acostó en el ataúd que estaba al lado de la cama y le extendió los brazos (…).Y él, aterrado, empezó a besarla, entre gritos de guacamayos y rugidos de tigre..., hasta que el sol estuvo casi de rodillas a sus pies y él le enterró la espada hasta la mano”.

Torero distinto, tan distinto que pisaba las pezuñas de tanto pegarse a los cuernos para desgarrar su traje de esmeraldas, Mazzantini se fue en 1926 viudo y pobre. Dicen que nunca olvidó su viaje a Cuba.

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