Bailes mambises

Por Orlando Carrió

Como pocos suponen, durante la Guerra de los Diez Años, nuestra primera gesta emancipadora,  los mambises, muy temidos por la caballería colonial española en las épicas «cargas al machete», apostaban también a favor del desenfado en frecuentes y bulliciosas parrandas para reírse de las continuas amenazas, llenarles el estómago con ilusiones a muchos y aflojarles el zapato a los jóvenes y viejos más bizarros.

En una carta suscrita por Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, el 29 de marzo de 1872, y citada por Antonio Núñez Jiménez en su obra Cuba: La naturaleza y el hombre,se dice: “En nuestros campamentos, que son verdaderas poblaciones, a las horas del recreo no se oyen más que cantos y bailes”.

Por su parte, el periodista irlandés James O′Kelly, quien asiste en 1873 a un baile popular en un poblado rebelde de la oriental Sierra Maestra, escribe en el libro La tierra del mambí:

«…no había ni músicos ni instrumentos; así, se improvisó una orquesta del carácter más bárbaro, comenzando el baile por los niños. Luego, los imitaron las personas adultas. El baile parece ser la pasión absorbente de los cubanos. Por él todo se olvida: los sufrimientos, las fatigas y los peligros. Despiértase entonces la adormecida energía del criollo y parece que ambos sexos se unen en una alegría apasionada».

Ramón Roa, coronel cubano insurrecto, abandonó por un momento sus crónicas bélicas para hablarnos con entusiasmo sobre una fiesta celebrada en la camagüeyana Sierra de Najasa:

“En cuanto a diversión, no nos faltaron bailes y pipiripaos amenizados con alguna bandurria o guitarra aventurera y hasta con algún acordeón, al cual no le faltaba más que tocarse él solo. Recuerdo allí al muy festivo Paco Recioque era inimitable bailando el gavilán, baile de cadencias que en aquella época provocaba escrúpulos en las familias, y tan era así que llegó a prohibirse para evitar los desmanes contra las doncellas de ciertos bailadores eufóricos […].”

En la Guerra del 95, la tradición danzaria tampoco decayó. ¡Todo lo contrario! El comandante Luis Rodolfo Miranda narra en su diario que el 30 de junio de 1896 tuvo lugar, cerca de la localidad oriental de Santa Rita, un sonado bailable, donde el ya general Enrique Collazo se lanzó al terraplén para arrebatar a todos con una caringa, danza afrocubana que hace enrojecer a muchos y le pone cascabeles en los tobillos a casi todos.

Toma, toma y toma caringa

Pa’la vieja palo y jeringa…

Los revolucionarios obligados a abandonar Cuba durante las guerras redentoras, organizaron con frecuencia en el exilio actos propagandísticos y recaudatorios que pusieron énfasis en la mejor música cubana. En esta labor proselitista sobresalió el patriota oriental Ernesto Bavastro, quien después de pelear en la Guerra de los Diez Años se radicó en Kingston, la capital de Jamaica, donde protagonizó múltiples recitales con su flauta de plata, actualmente en exhibición en el Museo Bacardí de Santiago de Cuba.

Como hemos visto, el baile tradicional, la risa de los pies como lo llamó un impertinente humorista, marchó con muy buen paso en la etapa insurreccional, convulsa y cambiante,  para levantar el ánimo de nuestros soldados libertadores, quienes lo mismo peleaban con fiereza que caían rendidos ante el hechizo de los sones, guarachas e inigualables boleros. Un viejo patriarca de la historia comentó hace años que los mambises, a ratos, danzaban debajo de las palmas a la vez que devoraban su palmiche. ¡Y puede ser cierto!

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