Por Alain Planells
Fotos: Vladimir Molina
Desde el inicio, las intenciones fueron claras: la primera Bienal de Diseño de La Habana (BDHabana’16) tenía el propósito de incluir a esa disciplina como parte esencial de la vida económica, social y cultural de Cuba.
Gisela Herrero, presidenta del evento, insistió una y otra vez en el contexto económico y de desarrollo profesional favorables que hacían posible su organización. Porque era necesario, y fue permisible, crear, tanto en la sociedad como en los decisores de distintas esferas políticas, económicas y sociales, nuevas perspectivas sobre la importancia y el beneficio del diseño para la vida cotidiana.
Entre el 14 y el 20 mayo fue común el frenesí entre poco más de 800 participantes de la nación antillana e invitados internacionales.
Un circuito de 22 salas expositivas acogió las más recientes creaciones de profesionales y estudiantes en materia de vestuario, gráfica y procesos industriales, como referentes del paradigma de desarrollo y prosperidad anhelado por los organizadores.
La disposición de distintos productos y valores para empresas, la industria y la sociedad cubanas evidenció el desarrollo del diseño en el país antillano, regulado por la Oficina Nacional de Diseño (ONDI).
La primera de su tipo en la nación caribeña, BDHabana’16 se articuló, además, a partir de varios eventos teóricos y casi una decena de talleres prácticos, cuyos resultados serán estimados como proyectos en un futuro inmediato. El pretexto para la organización de un evento teórico incluyó, entre otros, el VII Encuentro de Políticas Públicas y de Diseño, y el primer Congreso Internacional de Diseño.
Los principales diálogos se enfocaron en las políticas públicas, la inserción del diseño en las matrices productivas, así como su gestión en la pequeña y mediana empresa, entre otros tópicos asociados con el desarrollo económico y la actividad profesional. BDHabana’16 no defraudó al rebasar barreras teóricas y acercar en un diálogo a la comunidad de diseñadores y a los usuarios del diseño.
La concurrencia de casi un millar de profesionales, entre proyectistas, diseñadores industriales y gráficos, publicistas, artesanos, artistas, representantes de empresas, expandió los límites de una actividad muy conveniente para el proceso de actualización socioeconómica de la nación antillana.
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