¿Cómo le fue a Cuba en Río-2016?

Jorge Garcia y Reinier Torres.

Por Charly Morales Valido

Ya está. Río-2016 es historia, y Cuba finalizó en el lugar 18, con cinco medallas de oro, dos de plata y cuatro bronces. ¿Cómo evaluamos su actuación? Pues, depende…
usted tiende a ser resultadista, entonces afirmará que hubo un retroceso respecto a Londres-2016, pues anclamos dos puestos más atrás en el medallero, con los mismos oros, pero una plata y par de bronces de menos.
Pero si usted logra desprenderse de todo apasionamiento chovinista y analiza el asunto desde una perspectiva dialéctica, sin duda considerará que Cuba recogió en Río una cosecha acorde a su contexto socio-económico. Los más drásticos dirían incluso que los cubanos estuvieron por encima de sus posibilidades reales…
Eso : juzgar comparando con desempeños anteriores sería un error, pues ni la gente ni los contextos son los mismos. La Cuba que se reinventa económicamente en 2016 está lejos de la Cuba que llegó a Barcelona-1992 en los albores de un Período Especial cuya crudeza se intuía, pero todavía no se sufría en todo su rigor.
Aquella delegación que hizo historia en la Ciudad Condal nació y se forjó en tiempos de “vacas gordas”, desde la alimentación hasta el fogueo internacional. Por el contrario, la delegación que dio lo mejor de en la Ciudad Maravillosa nació y se forjó en una era de estrecheces, falta de recursos y roce al más alto nivel, sin contar que el deporte no es —no puede seruna prioridad para el Estado, con todo y su buena voluntad.
Por otro lado, a veces el aficionado cubano se cree que solo los suyos quieren ganar y se entrenan para conseguir la gloria olímpica. Y nos ponemos bravos cuando no llegan a la discusión del oro, o se quedan fuera del podio, sin valorar en su justa medida lo que significa ser finalista olímpico, o sea, quedar entre los ocho mejores. ¿Se imagina ser de los ocho mejores en algo, en un mundo de siete mil millones de habitantes?
 Además, el solo hecho de competir en unos Olímpicos tiene enorme mérito, si no, pregúntenle a la delegación de refugiados, o a quienes no cuentan con un patrocinio estatal o de marcas, y a veces llegan gracias a colectas públicas. Porque el deporte es caro, y ser el mejor exige mucho más que talento, vocación, disciplina y buena guía.
El valor monetario de una medalla olímpica es ínfimo comparado con el dinero que cuesta llegar a lucharla: instalaciones para entrenar, implementos, chequeos médicos, suplementos dietéticos, alimentación sana, recuperantes, transporte y hospedaje por todo el mundo, entrenadores, masajistas, indumentaria, inscripciones, en fin… Y a Cuba, que no tiene mucho dinero, las cosas se le encarecen por el bloqueo de Estados Unidos.
Cuando se ve el panorama como un todo, se comprende que Cuba no hizo un mal papel: de los 17 países que la antecedieron en el medallero, solo Brasil, Jamaica y Kenia son tercermundistas, y si a los dos últimos le quitan el atletismo, su cosecha olímpica sería nula. A Cuba, además, le sobra potencial y know how, como demuestra la cantidad de técnicos cubanos que, ya sea por colaboración o contratos individuales, participaron en estos Juegos con resultados notables.
Otro tanto pasa con deportistas nacidos y forjados aquí, quienes decidieron fijar su residencia en otras naciones y las representaron en la lid carioca: ese talento no está perdido, y menos en tiempos de unir a la nación con su emigración.
Pero claro, más allá de lo que piensen “deportólogos”, decisores, sesudos y todo el que aporte una idea, una solución o una crítica constructiva para que los deportistas cubanos sean cada vez mejores, solo importa una cosa: ¿disfrutó los Juegos? Pues ya está; lo demás es secundario…   

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