Por Francisco G. Navarro
La época del romanticismo pasó hace mucho tiempo para el béisbol, cuyos designios y avatares parecen dirimirse cada vez más en el dominio de los datos y las fórmulas, la bendita sabermetría, aprovechando que ningún otro deporte genera tantas estadísticas como el de las bolas y los strikes.
En Cuba se lucha contra viento y marea por insuflar oxígeno regenerador de células a un juego que forma parte indisoluble del alma y el ser nacional, desde que peloteros como Emilio Sabourín cambiaran bate por machete y diamante por manigua cuando, a finales de la decimonovena centuria, la Isla realizó el esfuerzo supremo para entrar en el concierto de las naciones independientes.
Esquivos los títulos en eventos internacionales de primer nivel en la última década y desangrados los rosters de casi todos los equipos por el fenómeno migratorio, la pelota cubana se asoma al reto de reconfigurarse en lo interno y adaptarse a la dinámica del deporte mundial contemporáneo.
La contratación este año en ligas foráneas de una veintena de peloteros, con el aval de la Federación Cubana de Béisbol, sobresale entre los argumentos de esa organización en la búsqueda de soluciones enfocadas a mejorar los resultados a mediano y largo plazos en la arena internacional.
Seguramente los federativos ya tendrán el diseño estratégico que asegure, primero, la participación, y luego, una decorosa actuación, cuando la pelota regrese al programa olímpico en Tokio-2020.
La herencia de los títulos bajo la bandera de los cinco aros, que legara una generación dorada en las citas de Barcelona-1992, Atlanta-1996 y Atenas-2004, reclama que Cuba asista a la Tierra del Sol Naciente con la frente en alto, con optimismo y los bates calientes, las serpentinas veloces y los guantes muy seguros.
Para que esos sueños no vuelvan a transmutarse en pesadilla, como sucedió con los torneos beisboleros de las dos últimas ediciones de los Juegos Panamericanos o el reciente Clásico Mundial, habrá que bregar duro y con la inteligencia por estandarte en el trienio que antecede a la magna cita del músculo y la mente sanos, esta vez bajo la advocación futurista de “Descubre el mañana”.
Mientras tanto, el caluroso verano caribeño acogió la apertura de la edición 57 de la Serie Nacional, que intentará volver a ganarse el respeto (y la asistencia) del público después de varias temporadas de decadencia, en las que solo la postemporada era capaz de poblar las tribunas.
Los más fieles aficionados hacen lo indecible por identificarse con los nuevos protagonistas del pasatiempo nacional, nutrido en esta ocasión por más de 200 peloteros procedentes de la liga Sub-23.
Una tónica diferente exhiben en los dogouts algunos cuerpos de dirección como los de Industriales, la novena más amada y aborrecida al unísono, Pinar del Río y Santiago de Cuba, que estrenaron timoneles.
A los Azules de La Habana llegó, luego de 14 temporadas repartidas entre su natal Villa Clara y su adoptiva Matanzas, el más carismático (para bien o para mal) de los managers criollos: Víctor Mesa, el mejor jardinero central que recuerdan generaciones de sus paisanos, quien más que el emblemático número 32 carga en sus espaldas la deuda de un título de campeón de Cuba como director.
Pinar del Río comenzó la competencia a todo gas bajo la batuta de otra leyenda que es simpatía en estado puro, Pedro Luis Lazo, dueño de una marca para la que parece nunca habrá goma de borrar: 257 juegos ganados en Series Nacionales.
Conocida en sus años de gloria como la Aplanadora Oriental, la escuadra santiaguera se empeña en salir del ostracismo de los últimos años bajo las riendas del jonronero cardinal (487 bambinazos), Orestes Kindelán. El Tambor Mayor ya tocó su primera rumba al dejar al campo dos veces a Industriales, mientras la corneta china hacía las delicias en el ambiente sonoro de su cuartel general, el estadio Guillermón Moncada.
La coyuntura económica del país, azocada por la perdurabilidad de un instrumento propio de la Guerra Fría como lo es el bloqueo impuesto por el Gobierno estadounidense, obliga a jugar la mayoría de los partidos del campeonato a la luz (y al calor) del sol, con la consecuente merma en el rendimiento de los jugadores y la asistencia de los fanáticos a los estadios.
Un debate envuelve desde hace años el panorama beisbolero desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio: una nueva estructura (una más) para las Series Nacionales.
La mayoría, a la cual se suma el autor, aboga por rescatar las Series Selectivas mediante una versión mejorada de aquellos supertorneos de los años 70 y 80, que llenaban estadios y pulían las estrellas que luego brillaban en los diamantes del mundo.
Y mientras muchos extrañan la pelota romántica de tiempos idos, la realidad impone seguir la ruta trazada por Bob Davis y Bill James, padres fundadores de la sabermetría en la antepenúltima década del siglo XX.
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