Cuba y sus aportes al idioma español

Por Charly Morales Valido 
 
El Día Internacional del Idioma Español tuvo un sabor especial en Cuba, donde la segunda lengua más hablada del mundo ha sido maltratada o enriquecida, según se mire.
En este país, célebre por la jocosa facundia de sus habitantes, nacen, se desarrollan y mueren cubanismos que son verdaderas perlas, aunque algunos carguen el sambenito de chabacanos.
De hecho, hace unas tres décadas gustó mucho un son de Pedro Luis Ferrer, cuyo estribillo rezaba “Ay que felicidá, como me gusta hablar español”, que vacilaba los estrambóticos modismos de turno.
Así, frases de la jerga popular como “Préstame un caña que no hay maraña” o “Tremendo hielo me dio Consuelo” fueron tomadas por el bardo para llamar la atención sobre la pobreza lexical en boga.
Sin embargo, aquel fenómeno no fue más que la consolidación de una fraseología que algunos consideran chabacana, otros ingeniosa, pero indiscutiblemente es cubana.
Los cubanos pueden comunicarse entre dondequiera que estén, entenderse de maravillas y dejar “botao” (perdido) a cualquier otro hispanoparlante.
No obstante, la frontera entre la vulgaridad y la ocurrencia es ínfima, fácilmente se puede cruzar y quedar fuera de lugar, o peor aún, ser un “pesao”, el peor de los estigmas para un cubano.
Se afirma que el idioma español nació en la Hispania del siglo XI, o al menos de esa fecha eran las glosas Emilianenses encontradas en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, en La Rioja.
Como toda lengua romance, el castellano surgió del latín hablado por los conquistadores romanos y las lenguas vernáculas de los territorios ocupados.
Pocos meses antes de que Colón chocara con Cuba, Antonio de Lebrija publicó la primera gramática de la lengua castellana y su primer gran monumento literario fue El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
De hecho, el 23 de abril se honra mundialmente la Lengua Española, pues ese día de 1616 falleció el mítico Manco de Lepanto.
El español llegó a Cuba en aquellas carabelas repletas de buscavidas y parias, gente de poca instrucción, que trajo empero toda la riqueza lingüística de tierras andaluzas y canarias y comenzaron a impregnarse de las lenguas y culturas antillanas.
La llegada de los esclavos africanos añadió sazón y espesor al ajiaco. Muchos términos provenientes de África son de uso común y aunque la estructura gramatical del español se mantuvo, nuestro léxico se enriqueció grandemente.
Con tal riqueza, resulta entonces paradójica tanta pobreza léxica, que campeen la muletilla, el lugar común, la dicción infame, la palabrota per se, el vocabulario escaso y ciertos barbarismos que sacarían de paso incluso a un asceta tibetano.
Tal vez sea expresión de la irreverencia juvenil, de su afán de negar lo viejo, o quizás sea una moda que pasará, como pasó con la palabra “envolvencia”.
Ojalá así sea, a ver si Cervantes deja de revolcarse en su tumba con tanto barbarismo reguetoniano...

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