Cultura cubana: identidad y tradiciones universales

Por Alain Planells

Fotos: Emilio Herrera, Vladimir Molina y Archivo

En octubre, en Cuba, los días que corren hasta el 20 se dedican a celebrar la cultura nacional, aprehendida como un amasijo de heredades tan diversas como las variaciones de un haz de luz que atraviesa un prisma

La propia insularidad ha sido, más que condición geográfica, la génesis de la cultura y la identidad nacionales, signadas desde la migración constante de allende los mares y luego de sus propios hijos.

Habitada primero por los pueblos arahuacos, yucatecos y cuantos llegaron a ella guiados por las corrientes del Mar Caribe; luego colonizada por ibéricos con ínfulas de navegantes quienes, urgidos en la construcción de una economía agrícola y orientada al comercio, regresaron más de una vez con hombres y mujeres negros traídos por la fuerza.

De esas culturas aborígenes quedaron, al menos, algunas de sus palabras, incluido el apelativo de la isla, que de a poco se mezclaron también con las prácticas de los españoles y los africanos.

Abiertos a toda influencia, los criollos fueron atravesados por cuanta práctica humana tocó puerto, y viceversa; cultura y nación nacían como dos procesos ligados entre sí y con la resistencia y luchas contra el coloniaje.

La rumba pervivió entonces como el deseo profano de divertirse de los hombres y mujeres negros, al tiempo que la poesía dejaba los románticos palacios y jardines europeos para dejar sus versos en las costas irregulares y en los valles al interior de la isla antillana

Azuzados por las gestas de Latinoamérica y por las tantas iniquidades que roían el espíritu insular, los cubanos finalmente se alzaron en armas en 1868, el 10 de octubre, abalanzándose sin éxito sobre la demarcación oriental de Yara, y días después, sobre Bayamo, también al este de la isla, que sí consiguieron libertar.

Antes, poco más de un año, en medio de la actividad conspirativa, el abogado Pedro –Perucho- Figueredo era apremiado por sus conocimientos musicales para que compusiera un aria que, con el signo de La Marsellesa y la inspiración de la nueva nación y de la villa que la acogía, terminó nombrándose La Bayamesa.

De vuelta al 20 de octubre de 1868, y enardecido por la liberación a manos de las huestes insurrectas, el pueblo exigió la letra al compositor que recién hacía su entrada en la demarcación y calcó las dos primeras estrofas que minutos después se transformaban en canto encendido.

Esa noche singular significó el reconocimiento colectivo de valores compartidos como resistencia y humanismo, creatividad e ingenio; de un carácter voluntarioso, obstinado, jubiloso y territorialmente universal.

Casi siglo y medio después, las jornadas de celebración devienen exaltación de un proceso en permanente construcción y transformación, que alcanza dimensiones elocuentes, sobre todo desde el triunfo revolucionario de 1959.

A contracorriente, en un mundo globalizado, se motiva la creación artística, se escoge el reconocimiento a la diversidad cultural, la conservación y difusión del patrimonio, la provocación para crear; se escoge la persistencia de un estado del ser singular y desprejuiciado culturalmente.

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