Desapariciones extrañas

En su globo aerostático, que bautizó como La Villa de París, Matías Pérez se elevó hasta desaparecer ante la mirada de miles de espectadores que esperaron en vano su regreso

Por Ciro Bianchi Ross   

En Cuba, desde tiempos inmemoriales, hay gente que ha desaparecido para siempre y sin dejar rastro. Uno de los desaparecidos más ilustres es Matías Pérez, aquel portugués avecindado en La Habana y toldero de profesión, que un día remontó vuelo para protagonizar la más espectacular de las ascensiones que han tenido lugar en la Isla. En su globo aerostático, que bautizó como La Villa de París, Matías Pérez se elevó hasta desaparecer ante la mirada de miles de espectadores que esperaron en vano su regreso. Fue infructuosa la búsqueda que acometieron las autoridades para encontrarlo.

Con su desaparición, quedó instalado para siempre en el imaginario popular cubano. En el hablar de todos los días, la frase “voló como Matías Pérez” alude a quien desaparece sin dejar rastro y no debe contarse con su regreso. Matías Pérez, además, dio pie a la leyenda. Hay gente que todavía duda de que desapareciera solo y aseguran que, más que desaparecer, huyó en compañía de una bella muchacha a la que, disfrazada de ayudante, se las arregló para esconder en la barcaza de su globo.

Aquí no acaba el cuento. No faltan quienes lo han visto recorriendo la costa en su globo encendido; ni viejos marinos que a la luz de los relámpagos lo han entrevisto en noches angustiosas de tormenta.

Otro desaparecido ilustre en Cuba es Juan Cristóbal Nápoles y Fajardo.  El hombre que hizo célebre el seudónimo de El Cucalambé, y que gozaba ya de una popularidad enorme por sus versos, desapareció para siempre en 1862, y hasta hoy llegan las conjeturas sobre su desaparición. Se ha dicho que fue ultimado por los españoles a causa de sus simpatías con la independencia  de Cuba. Investigaciones recientes, sin embargo, lo implican en un delito de malversación que lo obligó a escapar de la acción de la justicia. Tenía 33 años de edad entonces. Publicó un solo libro: Rumores del Hórmigo. No llegó a la posteridad ninguno de sus retratos. Poco importa ya, pues su auténtico rostro se dibuja en la gota de oro de la décima, que acuñó como moneda nacional.

Otro desaparecido no menos ilustre es el abakuá André Petit, llamado también Andrés Quimbisa, Cristo Facundo de los Dolores o El Caballero de Color. Sin duda, uno de los habaneros menos conocidos del siglo XIX, fundador, en 1857, de una potencia ñáñiga para blancos conocida como Regla Quimbisa y que fuera bautizada en 1863 como Bacocó Efór.

En Roma, se dice, André Petit conversó en privado con el Papa. Fue a partir de ahí que Petit introdujo el crucifijo en el culto ñáñigo y creó la plaza de Abasí, como símbolo del Dios cristiano. Los abakuá habaneros, enterados de los acuerdos de Petit con el jefe de la Iglesia Católica y descontentos con las reformas que amenazaban con invadir un terreno hasta entonces reservado para negros y mulatos, aguardaron, con actitud amenazante, la llegada de Petit al puerto habanero. Petit advirtió desde el barco la agresividad de los que lo esperaban y, con solo levantar su báculo, tranquilizó a los conjurados. Fue su gran triunfo porque la iniciativa de Petit contribuyó  a la integración de la nación cubana y a enlazar a negros, blancos y mulatos en un mismo conjunto de creencias, ritos y solidaridades, por lo que  el ñañiguismo pasó de “asunto de negros” a ser  cosa de cubanos.

Andrés Petit falleció a los 48 años de edad. No se sabe cuál fue la causa de la muerte, ni el lugar donde descansan sus restos. Su retrato preside muchas casas-templos donde los devotos colocan flores: doce flores blancas con un príncipe negro. Su báculo pasó a manos de Fernando Ortiz. De ahí que durante mucho tiempo se dijera que don Fernando era el hombre que más claridad tenía en Cuba.

 

 

 

 

           

En el hablar de todos los días, la frase “voló como Matías Pérez” alude a quien desaparece sin dejar rastro y no debe contarse con su regresoEl hombre que hizo célebre el seudónimo de El Cucalambé, y que gozaba ya de una popularidad enorme por sus versos, desapareció para siempre en 1862Juan Cristóbal Nápoles Fajardo dibuja su auténtico rostro en la gota de oro de la décima cubana.

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