Dominó, una pieza infaltable en la vida cubana

 

Por Anubis Galardy

La cita es casi siempre al atardecer, cuando la brisa se filtra entre las frondas de los árboles y el calor es más benigno, un poco más soportable.
A esa hora en los portales, en los parques acogedores de las barriadas habaneras o en cualquier espacio disponible, con preferencia al aire libre, se instalan las mesas para volcar sobre ellas, en alegre estrépito, las piezas del juego favorito de los cubanos: el dominó.

Las parejas se alistan para iniciar la primera ronda, mientras las fichas, vueltas hacia abajo, aguardan por la mano que las disperse, en bullente revoltijo, para que cada jugador elija al azar las suyas y tome posición frente al dúo contra el cual librará la contienda. Sólo entonces, al ponerlas ante , sabrá cuáles le tocaron en suerte.

Suele ser una batalla apasionada, rodeada de curiosos y aficionados que siguen el juego en silencio o a gritos, discuten y comentan en lenguaje cifrado las incidencias de la partida, como si en ello les fuera la vida. Los lances de los perdedores, no pocas veces renuentes a aceptar su derrota, son juzgados sin piedad, con dardos de humor punzante.

A los desafortunados les queda, como consuelo, el sabor agridulce de una próxima revancha. El desquite, arguyen, está a la vuelta de la esquina.
El escenario se repite de uno a otro extremo del país, de oriente a occidente, desde los bateyes de los centrales azucareros a los lugares más intrincados de la geografía nacional, sin distingo de edades.

El dominó anuda lazos de solidaridad, complicidad y amistades para toda la vida en medio de un ambiente de fiesta, sin que lo perturben las discusiones y discrepancias acaloradas, puro chisporroteo fugaz.

Cuando la economía de la Isla se deprimió, en los años 90 del siglo pasado y los cortes de electricidad se tornaron frecuentes, en las noches de verano sofocante los jugadores armaban sus peñas a la luz de un farol, una linterna o una vela en las aceras próximas a sus casas.

El dominó forma parte de la idiosincrasia nacional, está en la raíz viva de una tradición secular y a su embrujo no escapan, en cadena continua, generaciones sucesivas. Componen su séquito obreros, estudiantes, campesinos, intelectuales, artistas, jóvenes, ancianos y un número cada vez más creciente de mujeres, a veces más dotadas para el juego que sus tradicionales cultores masculinos.

“El dominó se pone más sabroso cuando las mujeres juegan, opinó en una reciente entrevista el pintor Eduardo Roca (Choco). Las mujeres le dan un matiz especial al juego”.
Las féminas, no obstante, se quejan de los rezagos de un machismo que aun les impide incorporarse masivamente a las datas o partidas. Hay abuelas que defienden su derecho de ser admitidas, de igual a igual, en cualquier eventual torneo.

Los orígenes

Investigadores e historiadores ubican la fecha de su nacimiento en China, en las proximidades del año 1120 antes de nuestra era, si bien otros señalan, como dato más fidedigno, el año 1325 a partir el descubrimiento de Howard Carter y George Howard, quienes encontraron un juego de este tipo en la tumba del rey Tutankamen, que gobernaba por esa fecha Egipto.

Hay quienes sostienen que llegó a Cuba de la mano de los españoles, aunque no está verificado con certeza.
Según consenso, en la Isla se juega en dos formas distintas: una hasta el doble nueve con 55 fichas, y otra —la más clásica y antiguahasta el doble seis con 28 fichas en continuo movimiento, caracterizada por requerir un elevado nivel de cálculo y, según expertos, la más en boga en el mundo.

En esta segunda vertiente el juego se expande hasta los 200 tantos. La salida comienza con el primer movimiento del jugador que disponga de un doble seis y se cierra o bloquea cuando uno de los participantes pone sobre la mesa su última ficha, sin que exista otra similar en manos de sus adversarios.

También se requiere una memoria afinada al máximo para llevar la cuenta de los tantos que acumula el contrario. Las fichas, divididas en dos cuadrados, ostentan su numeración en forma de puntos aunque hay algunas sin éstos, las denominadas blancas. Para ceñirse la corona de ganador se requiere acumular el mayor número de puntos posible, cuyo límite puede ser fijado de antemano.

A la fascinación del dominó no escapó el genio cubano de ajedrez, José Raúl Capablanca, quien en sus frecuentes visitas a la islacuando ejercía como diplomático en el exterior— gustaba disfrutar las partidas organizadas por sus familiares en la barriada habanera de Santos Suárez. Lo hacía en la variante de jugador solitario, en una mesa de cuatro en la que cada quien jugaba individualmente.

Yo no comparto mi cerebro con nadie, aseguraba, relata uno de sus sobrinos por vía materna, César Revuelta Capablanca. A esta variante se le conoce como "jugar a la guerra" y tiene muy pocos adeptos, ya que un jugador le mata las fichas al otro y no se puede desarrollar bien el juego, puntualiza Revuelta.
El campeón mundial ganaba siempre, una tras otras, todas las datas y, para borrar cualquier asomo de suspicacia en sus adversarios, en una ocasión demostró cómo, a partir de las fichas en su poder, con su destreza vertiginosa de cálculo y su cerebro entrenado, intuía las restantes fichas en manos de sus compañeros de mesa, así como sus futuros movimientos, y se adelantaba a todos.

Capablanca echaba de esa manera por tierra el mito según el cual quien reina en el ajedrez es un caso perdido en lo que al dominó compete.
Cada atardecer los cubanos se disponen presurosos a la fiesta que los convoca, en respuesta al llamado del dominó que palpita en sus venas. Quienes piensen que sólo el sofocante calor de las tardes habaneras propicia la andadura vespertina del juego se equivocan.

“Será siempre así, llueve, truene o relampaguee, asegura Norberto Martínez, uno de los infaltables. En esos casos, siempre encontraremos un refugio propicio”.
 

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