El andarín Carvajal

El andarín Carvajal está en el imaginario de los habaneros

Por Ciro Bianchi Ross

Son muchos los personajes populares que ha dado La Habana.

Muy célebres fueron y son aún El Caballero de París y La Macorina. La Marquesa y Bigote de Gato, ese último inspirador de una guaracha que popularizó en la década de 1940 Daniel Santos, el inquieto anacobero.

El andarín Carvajal está en el imaginario de los habaneros que suelen recordarlo sobre todo los más viejos, con una frase: “Caminó (o caminé) más que el andarín Carvajal”. Incluso, ya anciano, podía recorrer kilómetros  sin dar muestras de cansancio. No podía dejar de hacerlo. De eso vivía. Corría y “pasaba el cepillo”.  Sobrevivía por los magros ingresos  que conseguía de ese modo. 

Félix Carvajal amaba sincera y desinteresadamente el deporte, y pese a carecer de orientación en sus entrenamientos, tenía condiciones excepcionales para las carreras de fondo. De haber nacido en otra época, tal vez habría sido mucha la gloria que habría dado a Cuba. Pero a Carvajal le tocó vivir lo mejor de su existencia durante las primeras décadas de la República. Los gobiernos de entonces no lo ayudaron y muy poco consiguió de la iniciativa privada.

Cuando se acercaban las Olimpiadas de 1904, en  San Luis, EE.UU. Pidió ayuda al gobierno de Estrada Palma para que le costease el viaje y poder representar a Cuba en las competencias. Nada obtuvo y aun así el andarín Carvajal se las arregló para llegar a la cita olímpica.

Llegó minutos antes de que se iniciara la carrera de maratón y logró inscribirse en representación de los colores del patio. Encontró un inconveniente: no tenía ropa apropiada para la carrera, pero resolvió fácilmente el problema. Pidió una tijera y cortó los pantalones que vestía para convertirlos en una especie de short.

Vencido ese requisito, llegó a la pista. Esperó el disparo y se lanzó a correr. Pero, por haber empleado casi todo su dinero en el viaje, llevaba varios días sin comer y el hambre acalambraba su estómago. Mientras corría, veía los manzanos a los lados del camino. No pudo más y se detuvo a comer, sin importarle que las manzanas estuviesen verdes. Comió hasta saciarse y prosiguió la carrera. Las manzanas verdes, sin embargo, unidas al estómago estragado y el hambre vieja, le pasaron la cuenta. De pronto el dolor de estómago se le hizo insoportable y los retortijones apenas le permitían dar un paso. Salió de la pista y se agachó detrás de un árbol. Pensó que el malestar había pasado y volvió a la carrera. Pero tuvo que salir de ella una y otra vez. Aun así, quedó en el cuarto lugar de la competencia.

A su regreso a Cuba, el Gobierno lo premió con un puesto de cartero. El andarín Carvajal hacía sonar el silbato mientras corría por las calles de La Habana, para buscarse los  centavos que lo ayudarían  a vivir. Así murió.

Félix Carvajal amaba sincera y desinteresadamente el deporte.De haber nacido en otra época, tal vez habría sido mucha la gloria que habría dado a CubaA su regreso a Cuba, el Gobierno lo premió con un puesto de cartero

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