El Diablo del Capitolio.

El ángel caído.

Por Orlando Carrió

El periodista Enrique Luis Varela escribió, y con razón, que en el Capitolio Nacional —recientemente remodelado— se encierra toda la soberbia de La Habana, la majestuosidad del alma nacional. Fue erigido para dominar y aún hoy, cuando la capital festeja su aniversario 500 en este mes de noviembre, sigue siendo un centro de radiación que puede ser disfrutado a grandes distancias y sorprende a los viejos y nuevos caminantes del mundo.

De todas maneras, no podemos negar que este emblemático edificio no ha escapado de los elementos fantásticos y de los chistes fuera de tono. Durante años se habló de que el espectro de Clemente Vázquez Bello —expresidente del Congreso—, baleado durante el machadato, se paseaba todas las noches por su segunda planta sembrando el pánico entre los policías.

¡Y ni hablar de las imágenes turísticas! Hasta los años 60 del siglo pasado los campesinos se tomaban una obligada foto en el Capitolio Nacional, y el asunto no trascendía. Aunque, cuando los habaneros de nacimiento o préstamo cedían a la idea de posar para la postalita en la escalinata, arriesgaban una catástrofe: “¡Guajiros, guajiros!”, se les oía gritar a los bromistas.

Como se sabe, el Palacio del Congreso, inaugurado en 1929 por el régimen de Gerardo Machado, constituye un alarde de lujos y afanes hiperbólicos: su gran escalinata le da una atmósfera propia; las puertas principales, obra de Enrique Cabrera García, escultor cubano, son un poema a la mejor talla en bronce; el pórtico muestra seis altísimas columnas jónicas de granito, y las columnatas dóricas de su área delantera rompen la frialdad de la piedra blanca. Por añadidura, su cúpula (es la quinta del planeta), cubierta desde hace poco con nuevas planchas áuricas, exhibe una linterna jónica en forma circular de indudable belleza.

Mención aparte merece el Salón de los Pasos Perdidos, en cuyo centro se levanta la estatua La República, esculpida en bronce por el italiano Ángelo Zanelli y revestida este año con nuevas láminas de oro de 24 quilates. Sin embargo, frente al salón Simón Bolívar, en el ala norte, hay un patio interior que muy pocos se arriesgan a visitar sin antes encomendarse seriamente al Santísimo. El motivo es claro: allí vive el Diablo.

En la Cuba de inicios del siglo XX se desarrolló un cierto movimiento de rescate de nuestra memoria histórica mediante diversos monumentos y esculturas levantados por el cubano José Vilalta Saavedra (como el José Martí en el Parque Central), el checo Mario Korbel (Alma Máter) y por numerosos artistas procedentes de Italia, entre los que aparece el polémico Salvador Buemi, el creador del Martí del Parque de la Libertad, en Matanzas, y del Agramonte en la plaza camagüeyana del mismo nombre, quien es recordado, sobre todo, por su Ángel Caído, el personaje bíblico enigmático y tenebroso, la encarnación del mal, el cual se subleva contra Dios y provoca que Adán y Eva caigan en el pecado y abandonen el paraíso.

Buemi, sin un destinatario fijo para su efigie y cansado del rechazo de la gente, le regaló la obra, en 1910, a Orestes Ferrara, coronel del Ejército Libertador, quien luego hizo una larga carrera política y periodística antes de convertirse en el embajador de Cuba en Washington y en el secretario de Estado de Machado. Al parecer Ferrara cargó con la estatua durante sus muchos viajes y, finalmente, la colocó en una mansión estilo renacimiento florentino, que levantó en la calle San Miguel número 1159, esquina a Ronda, en el actual municipio de Plaza de la Revolución, a la cual él llamaba la “Dolce Dimora” (hoy Museo Napoleónico).

Valga apuntar que, a pesar de su olor a azufre, este Satanás de bronce, desnudo y con el  tamaño de un humano promedio, posee una talla minuciosa, espléndida y exquisita que demuestran el valor otorgado por Buemi al arte de la forma. Su imagen es imponente desde cualquier ángulo: el cuerpo se alza en un impulso rebelde; el puño derecho, erguido, parece dirigirse al infinito, y la mano contraria se da un golpe en el pecho que los expertos relacionan con su desdén ante el Creador.

Lo simpático de esta historia es que a Ferrara casi se lo traga el pantano cuando trata de deshacerse de su Lucifer —mucho más hermoso que el existente en el madrileño parque de El Retiro—; incluso, trató de entregarles la figura a varias instituciones que la rechazaron espantadas. Por último, la donó al Capitolio Nacional en 1932, donde los congresistas, ocupados en las corruptelas y componendas políticas, estaban más allá del bien y el mal.

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