El monstruo de la bahía.

En Cayo Carenas un pescador juró haber visto al monstruo.

Por Orlando Carrió

Nadie puede imaginar la cantidad de embustes que eran capaces de dar a conocer los periodistas de los pueblos y ciudades de Cuba en los años 40 y 50, cuando no había ninguna noticia importante y los diarios se morían de risa en los estanquillos ante el espanto de la plana mayor del órgano de prensa y de toda su empleomanía. ¡Qué peligro!, ¡podían perder sus puestos y ser mandado de cabeza para la calle!

Según nos indica el colega Roberto González Quesada, esto fue lo que sucedió cierto día en la redacción de El Comercio, de la ciudad de Cienfuegos, donde ni la grilla oficialista, ni la trillada crónica roja, ni las peleas de los sindicatos ni el mundo frívolo de la alta sociedad arrojaba algo que valiera la pena explotar para olvidarse de esa maldita jornada gris y levantar la tirada.

En ese momento, el canoso jefe de Información decidió no esperar más y, levantándose con esfuerzo de su escritorio, comentó de manera sentenciosa: “Señores, tenemos que ser creativos, no hay otra”.

Enseguida surgieron varias ideas que fueron descartadas por falta de credibilidad, hasta que un novato, flaco y nervioso, dio en el clavo: “Amigos, ¡un monstruo!, ¡un monstruo…! Eso nunca falla”. Dicho y hecho. El dibujante perfiló una suerte de dinosaurio copiado de un viejo diccionario Larousse y, para rematar, le agregó rasgos enérgicos, agresivos, verdaderamente fieros.

Después, los redactores más expertos escribieron la nota salvadora y la colocaron a dos columnas en la primera plana con un título que sembraba dudas y preocupación a montón: ¿Terrible monstruo en la bahía? El relato, no muy largo para causar más impacto, no afirma ni niega nada y se limita a recoger rumores que circulaban entre los moradores de los caseríos situados en los alrededores del Castillo de Jagua, quienes creían haber visto a una suerte de animal hercúleo con los ojos encendidos por la cólera.

Para rematar, en la misma portada del rotativo un supuesto antropólogo advirtió que, debido a las fuertes detonaciones provocadas por las obras del dragado del puerto y la ampliación del canal de Pasacaballo, algún peligroso y descomunal bruto pudo despertar y liberarse de su “cárcel” en la roca viva.

Por supuesto, ni los gacetilleros más fogueados pudieron medir las consecuencias de dicho atraco a la opinión pública. Al día siguiente se apareció en la Redacción un pescador, nervioso y sudoroso, quien con la mayor inocencia del mundo aseguró: “Yo vi al bicho cerca de Cayo Carenas, al anochecer; casi me viró el barquito por el oleaje violento que provocaba. Es anfibio, pues se internó en la costa. ¡Ah, y tiene unos grandes cuernos!”.

Estas declaraciones fueron dadas a conocer en la edición de la tarde, y los pescadores, navegadores de ocasión y trabajadores de la rada cayeron víctimas del más grande desasosiego, el cual fue aumentando con los días y la difusión de nuevas y peligrosas revelaciones sobre la bestia.

En fin, que a la semana la histeria de la gente fue un hecho: pocos barcos de faena salían a mar abierto para buscar los pescados frescos; los curas lanzaban anatemas contra aquel “demonio”; las esposas de los tripulantes se afligían si sus maridos tardaban en regresar, y las mamás más mandonas les prohibieron a sus vástagos bañarse en el mar… Incluso, se formó un Comité de Vecinos para exigir que las autoridades de la villa tomaran medidas de protección ante este saurio hambriento.

En El Comercio se difundió también una carta enviada por un distinguido académico de esa ciudad marinera que, con un lenguaje de serrucho, puso en entredicho toda aquella comedia: “¿Quién puede aceptar estas tontas barrabasadas? —empezó diciendo—. Nuestra Isla no había aparecido aún en la época de los grandes mastodontes, y si hubiera estado, ya solo encontraríamos fósiles. De sueños invernales puede hablarse solo en las regiones polares”.

En el clímax de estos sucesos arribaron a Cienfuegos un reportero de Bohemia y un fotógrafo, a quienes sus colegas de El Comercio les contaron la verdad antes de poner fin al rollo en que se habían metido. Así, el engendro duró diez días y murió como había nacido: lleno de musarañas.

En el artículo El monstruo jamás existió, su autor explicó que el referido “dinosaurio”fue resultado de las alucinaciones sufridas por varios adultos mayores. Claro, a partir de aquí El Comercio siguió vendiéndose muchísimo, pues la intranquilidad ciudadana no se puede borrar de un solo plumazo. Un poeta vitrolero le dedicó un poemita al caído gigante; un dibujante de pacotilla lo pintó con la forma de un toro fantasmagórico, y los chismosos de siempre lo mantuvieron presente durante varios años en fiestas, procesiones y velorios… ¡No faltaba más!

Caricatura de la época.El supuesto dinosaurio en forma de toro.

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