El petardo que asustó a Caruso…

Por Orlando Carrió

Con la visita del tenor Enrico Caruso a Cuba ocurre un hecho notorio y sorpresivo: a través de los años sus adoradores recordarán más el bombazo que sonaron durante unas de sus presentaciones que el preciosismo de sus histriónicos recitales. Eso sí: los bromistas hicieron su agosto con el tours del itálico. Cada vez que el Cañonazo de las Nueve tenía un problema recomendaban dando gritos: ¡Traigan a Caruso para que dé un do de pecho en el Malecón!

Considerado uno de los más famosos artistas del arte lítico de la pasada centuria, junto a Mario Lanza y Luciano Pavarotti, el intérprete llegó a Cuba por primera y única vez el 5 de mayo de 1920, cuando ya tenía 47 años y estaba malgenioso y de capa caída. Viajó procedente de Nueva York en el navío Miami, a solicitud de la Compañía de Ópera italiana de Adolfo Bracale, quien sin muchos miramientos aceptó pagarle la respetable suma de 10 mil dólares por cada una de las diez funciones que ofrecería al entusiasta público criollo.

El divo, alojado en el mundano hotel Sevilla, a pocos metros del Paseo del Prado, en La Habana Vieja, debutó junto a un elenco de lujo el día 12 en el Teatro Nacional, hoy Gran Teatro “Alicia Alonso”, con la obra Martha, de Friedrich von Flotow, la cual tuvo que ser pospuesta una y otra vez, ya que la caja con partituras, embarcada en la Florida, se perdió misteriosamente.  Más tarde, volvió loco a los amantes del género en dos coliseos del centro de la isla: el Tomás Terry, de Cienfuegos, y La Caridad, de Santa Clara.

A su regreso a la capital, y en medio de una gran apoteosis, Caruso, aficionado a las caricaturas, volvió a cantar para el público habanero del Teatro Nacional, al que deleitó con Elíxir de amor, de Gaetano Donizzeti; Un baile de máscaras, de Giuseppe Verdi; Tosca, de Giaccomo Puccini; y Payasos, de Ruggero Leoncavallo, entre otras.

Sin embargo, el suceso más sensacional de esta gira estaba por llegar. Cuando el 13 de junio el tenor napolitano estaba luciéndose de lo lindo con Aída, de Giuseppe Verdi, una de sus piezas preferidas, estalló un petardo ruidoso y casi inofensivo en los baños del inmueble que dejó a todos los asistentes a la función atónitos y asustados. Al día siguiente, le escribió una carta a su esposa donde narró todo lo sucedido:

“Al comenzar el segundo acto con el diálogo entre Amneris y Aída, seguido de la escena triunfal de Radamés, se produjo una terrible explosión. Me hallaba en el camerín colocándome el manto cuando me sentí arrojado al suelo. Vi a la gente correr por el corredor con una expresión de terror en los rostros. Alguien me pidió que me fuese lo antes posible, pues habría más detonaciones”.

Alejo Carpentier reveló en un diario de la época lo que sucedió después y luego se inspiró en el suceso para escribir un pasaje memorable de su novela El recurso del método:

“Caruso, disfrazado de Radamés, agarra un susto terrible, sale despavorido por la puerta del fondo del Teatro y empieza a correr a las tres de la tarde por la calle San Rafael. Cuando llega dos cuadras más arriba, un policía lo agarra violentamente por la mano, y dice:

— ¿Qué es esto? Aquí no estamos en carnavales para andar así por las calles.

Entonces él, que no hablaba español, trata de explicarle lo sucedido.

 Pero el policía  no entiende. Se queda mirándolo fijo y le espeta:

— ¡Eh! ¿Y además de eso disfrazado de mujer? ¡Para la estación de policía!

 Al final de este hecho tragicómico, Caruso es puesto en libertad a pedido del  embajador de su país”.

Según las investigaciones realizadas, la inoportuna detonación ocurrida en el Teatro Nacional fue provocada por activistas del sindicato anarquista, empeñados en arrancarle mejoras económicas a la Comisión de Inmuebles del Centro Gallego.

El gran Caruso jamás volvió a Cuba, de hecho, murió de cáncer pulmonar al año siguiente en la ciudad de Nápoles, donde nunca olvidó el tremendo sustazo que se llevó en La Habana. Por cierto, según Eduardo Robreño el que dejó la bombita en el Teatro fue un muchachito, vendedor de periódicos en Prado y Neptuno, al quien le regalaron 40 centavos por tamaña proeza.

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