El primer globonauta cubano.

Por Orlando Carrió
Cuando se habla de la globomonía cubana del siglo XIX todos los méritos se los lleva el portugués Matías Pérez, el “rey de los toldistas”, por aquello de que “voló como…”; sin embargo, creo que vale la pena destacar igualmente al hojalatero José Domingo Blinó, oriundo de La Habana, un hombre innovador e intrépido como pocos, quien es bautizado por sus contemporáneos con el noble apelativo de “poeta de las alturas”.
San Cristóbal de La Habana, imponente mercado del espectáculo, donde triunfan las figuras de cera, con Napoleón y Julio César al frente; la exhibición de animales raros, como un orangután hembra de prácticas indecorosas, y las peleas de perros contra tigres y otras fieras, no está, por supuesto, ajena al desarrollo de los globos aerostáticos, esplendorosos y multicolores. En la temprana fecha de 1796 es lanzada una esfera sin pasajeros desde una casa de la capitalina calle Sol, y el 19 de marzo de 1828 el francés Eugene Robertson toma altura con un artefacto similar en la engalanada Plaza de Armas, a un pie del Castillo de la Real Fuerza, y cae en el potrero de Nazareno, cerca del pueblo de Managua.
Esta proeza forma parte de los jolgorios vividos durante varios días en la capital para celebrar la inauguración, ese día, de El Templete, histórico edificio que conmemora la fundación de La Habana.
Catorce meses más tarde, la orleanesa Virginia Marotte, primera mujer aeronauta en Cuba, también se arriesga a bordo de un inflable colocado en el Campo de Marte y, junto al francés Adolfo Theodore —realiza tres ascensiones en 1830—, le aprieta el zapato a un habanero decidido a entrar, como sea, en la crónica aérea. Álvaro de la Iglesia refiere en sus Tradiciones cubanas:
“…el último éxito de Theodore despertó el amor propio cubano, que no tardó en revelarse en Blinó, un jorobado muy ingenioso que recibe el apoyo de una colecta pública; construyó él mismo su globo con el apoyo de eminentes profesores de Física y Química (el primero nacido aquí) y preparó el gas hidrógeno para extenderlo.
“Sin temor a que se le rompiera el rudimentario montgolfier, ni al brisote reinante, se lanzó a los aires el 30 de mayo de 1831, desde la plaza de toros del Campo de Marte, a las seis y cuarto de una tarde tempestuosa. La bola, empujada por el viento, se alejó con rapidez, y ya a gran distancia de la tierra, arrojó al espacio palomas, flores, versos, y, por último, ¡dos cuadrúpedos en un paracaídas! La historia no lo revela: se nos antoja imaginar que eran chivos”.
El hojalatero, un visionario que trabaja en un taller en la calle Teniente Rey, “aterriza” el mismo día 30, ya entrada la noche, en el potrero San José, muy cerca de la vivienda de don Pedro García Menocal, dueño del ingenio Mercedes, ubicado en Quiebra Hacha, a una legua al suroeste de Mariel. Por fortuna recibe el apoyo, entre otros, del negro libre Julián Povea, quien, primero, lo traslada a la casa-vivienda de la vecina fábrica de azúcar y, más tarde, lo ayuda a reunir los recursos necesarios para su regreso a La Habana.
Por supuesto, Blinó se convierte en toda una celebridad: Francisco Arteaga y Cervantes se inspira en él para crear una hermosa contradanza, y los poetas Ignacio Valdés Machuca, alias Desval, y Ramón Valdés Herrera le dedican sendas poesías que son recogidos por Boloña en una obra antológica. También se celebra en su honor una barrial corrida de toros.
Más adelante, realiza un segundo intento en la vecina Matanzas, que resulta fallido por los malos manejos con el gas de algunos envidiosos. A continuación parte rumbo a Nueva York en busca de un globo de mayores dimensiones que le permita seguir conquistando los cielos de su patria. No obstante, a su regreso, enferma de gravedad y muere en el barco (su cadáver es lanzado al mar).
Las aventuras de José Domingo Blinó, hombre terco y valiente hasta en el sueño, son continuadas, al poco tiempo, por dos franceses tan encantadores como excéntricos. Aunque estas son ya otras historias…

Muchos habaneros creyeron que Blinó había llegado a la Florida.El hojalatero no pudo ser enterrado en su país.

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