Por Julio César Mejías Cárdenas
Los aficionados cubanos al deporte de la lucha recordarán siempre la segunda corona olímpica del gladiador Filiberto Azcuy, oriundo de la provincia de Camagüey, quien en Sydney-2000 revalidó su cetro en el estilo grecorromano.
El triunfo en la urbe australiana revistió un mérito mayor, pues contrario a historias anteriores en bicampeones de deportes de combate, el cubano bajó a una división de menos peso (69 kg) —en pocos meses— en Atlanta 1996 triunfó en 74 kg, debido a cambios introducidos por la Federación Internacional de Luchas Asociadas (FILA).
Su actuación en la capital de Nueva Gales del Sur devino consagración, pues solo dos de sus rivales —un rumano en el primer combate y un sudcoreano (Sang Pil Song, campeón mundial del año anterior) en cuartos de final—, lograron marcarle puntos técnicos.
Su trayectoria sobre los colchones la inició cuando apenas tenía ocho años de edad en su natal Esmeralda, localidad situada próxima a la costa norte, a unos 550 kilómetros al este de la capital cubana.
El bicampeón olímpico confiesa que desde pequeño fue bien travieso; incluso sus padres aseguran que a los siete meses de nacido comenzó a caminar y ya nadie lo pudo detener: el deporte sirvió entonces desde temprano para derrochar su caudal de energías.
Practicó el tenis y el voleibol, pero fue la lucha la que realmente se le metió “dentro del cuerpo”, según asegura el propio Azcuy.
Primero fue en el estilo libre, bajo las órdenes del profesor Elmer Palacios, pero rápidamente cambió hacia el grecorromano pues le atrajo más, y entonces Santiago Morales debió encargarse de forjar las cimientes de un futuro campeón.
Tras un fructífero paso por los Juegos Deportivos Nacionales Escolares, rápidamente fue captado para los equipos nacionales juveniles con apenas 14 años.
En 1993 obtiene su primer título nacional entre mayores y a partir de ahí eslabonaría una cadena de más una década como el mejor cubano no solo en su peso, sino en ese deporte en general.
En 1995 tres sucesos sellarían su carrera en los colchones internacionales: destronó a Néstor Almanza “monarca mundial en 1993 y cuarto lugar olímpico en Barcelona 1992”; como titular cubano de la división de los 74 kilogramos, obtuvo bronce en el campeonato mundial, y conquistó el cetro en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata, antesala de su primer oro olímpico en Atlanta-1996.
Vitrina completa
Luego de la hazaña estival en la capital de Nueva Gales del Sur, Azcuy se propuso alcanzar el único lauro dorado que le faltaba en su trayectoria: el oro en un campeonato mundial, hecho que materializó en 2001, luego de que le había sido esquivo en cuatro ediciones del orbe (plata en 1998 y bronce en 1995, 1997 y 2002).
En Santo Domingo-2003 recuperó la cima en Juegos Panamericanos, luego de quedar en plata en Winnipeg-1999.
Tal cúmulo de éxitos asombra, en particular por su secuencia, pues como se podrá apreciar este luchador cubano no tuvo año bye.
¿Fórmula secreta? Para nada, solo entrenamiento diario, fuerte, serio, hasta caer rendido por el cansancio, según confirmaron sus entrenadores y el propio atleta.
Azcuy arribó en agosto de 2004 a la capital griega con la voluntad de ganar una tercera presea en citas estivales, pero ni con el mayor coraje derrochado antes por luchador alguno pudo encontrar la forma óptima, tras ser sometido a dos intervenciones quirúrgicas a finales de 2003.
Fueron precisamente las severas lesiones sufridas el principal rival y causa directa de poner fin a su carrera poco antes de cumplir los 32 años.
Tales méritos avalaron, sin duda, la propuesta de la Federación Cubana de lucha para que Azcuy fuera integrado al Salón Internacional de la Fama, hecho que se concretó en 2006, cuando la FILA hizo el anuncio oficial en una ceremonia realizada en el Centro Deportivo Tianhe, de la ciudad china de Guangzhou, sede en ese momento de un campeonato del orbe.
El ídolo de Esmeralda se convirtió en el primer luchador latinoamericano que ingresó en dicho Salón, inaugurado en 1912 y con sede actual en la ciudad estadounidense de Stillwater.
Este reconocimiento es el más alto galardón que otorga la FILA, cuya placa con la inscripción de su nombre le fue entregada durante el torneo de lucha de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro-2007.
Según fuentes de la FILA, el excepcional atleta mereció el premio por su brillante trayectoria, ejemplar comportamiento y caballerosidad, tanto dentro como fuera del colchón.
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