En tiempos de deshielo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, no muchos en ambos extremos del Estrecho de la Florida conocen la sorprendente historia que unió a la entonces posesión española con la lucha de las 13 colonias de Norteamérica por su independencia.
La historia documentada confirma que en la segunda mitad del siglo XVIII se formaron las milicias de insurgentes norteamericanos contra la corona británica, en la guerra que se extendió de 1775 a 1783, bajo el mando de George Washington.
En la formación de estas relaciones incidió con fuerza la toma de La Habana por los ingleses en agosto de 1762 y, aunque concluyó 11 meses más tarde, en 1763, dejó abonado el camino para que hispanos y criollos apoyaran el clamor de independencia de las colonias norteamericanas.
A cambio de la estratégica región cubana devuelta al dominio español como principal enclave de las rutas de comunicación entre la América hispana y Europa, por el pacto firmado al fin de la Guerra de los Siete Años, Gran Bretaña obtenía la Florida, hasta entonces parte integrante de la gobernatura de Cuba.
Como compensación, Francia traspasó a España la extensa región de La Louisiana, la cual quedó vinculada administrativa, militar y comercialmente a La Habana.
Una ayuda oportuna
En la segunda mitad del siglo XVIII, hispano-cubanos y batallones de pardos y morenos libres partieron hacia el sur de Estados Unidos, donde combatieron en toda la cuenca del Mississippi hasta más allá de Baton Rouge y Mobile.
En el ensayo “Cuba y la Independencia de Estados Unidos: una ayuda olvidada”, el doctor Eduardo Torres-Cuevas, director de la Biblioteca Nacional de Cuba, se refirió desde la ciencia histórica a estos hechos.
“Durante los 215 años de independencia de los Estados Unidos (se cumplieron 240 años en 2015) fue desdibujándose, hasta caer en el olvido, el papel que la entonces colonia de Cuba jugó en la liberación de esa nación,” afirmó el historiador.
Aquellos estudiosos norteamericanos que con objetividad y amplias miras se han acercado a la voluminosa documentación existente sobre este tema, según Torres Cuevas, se ven obligados a reconocer que la contribución española y con ella la cubana, a la Revolución Americana, fue decisiva para lograr la independencia.
Claro que, si de olvidos se trata, se debe admitir que la historiografía cubana, inmersa en otras problemáticas que juzgó vitales, no les dio suficiente importancia a hechos tan trascendentes. La asistencia financiera, comercial, en abastecimiento de ropas, alimentos, armas y medicinas, así como el conjunto operativo militar que cubrió el Caribe, la costa antillana del subcontinente norteamericano y toda la amplia faja de la ribera del Mississippi, que tuvo su núcleo en La Habana, plantean un espectro mucho más amplio y decisivo.
El autor recuerda que en aquellos aún oscuros finales del siglo XVIII, nació, dentro del conflicto de los grandes imperios, una relación bilateral de dos pueblos: el cubano y el norteamericano.
Un nexo conflictivo, pero ineludible
El desconocimiento de las condiciones en que surgió esa relación y toda la concepción misma que implicaba la teoría del Destino Manifiesto “en la cual no cabría el reconocimiento de una ayuda prestada por un pueblo que se deseaba conquistar” han opacado las características originales, y por tanto reales, del nacimiento de un nexo conflictivo, pero ineludible e insoslayable.
La alianza surgida entre los habaneros y los colonos de Norteamérica, aparte de sus intereses comerciales, fue la afrenta de la toma de La Habana por los ingleses, ha señalado Torres Cuevas.
Según el sitio web mcn.biografías.com, Cuba desempeñó un importante papel en el enfrentamiento entre España y Gran Bretaña que se produjo en 1776.
A ese fin, se eligió a dos generales españoles nacidos en América para dirigir las operaciones desde La Habana: Bernardo Gálvez y Gallardo, nacido en México, y el cubano José Manuel Cajigal, nacido en El Caney, Santiago de Cuba.
Los habaneros, mediante colecta pública, reunieron un millón ochocientos pesos de ocho reales, entregados personalmente por Gálvez y Cajigal al general francés Rochambeau, que le permitieron reiniciar su campaña cuando se dirigía al sur para preparar el golpe final, junto con Washington (en Yorktown, Virginia) contra las fuerzas inglesas.
Cajigal fue de los pocos extranjeros invitados, años más tarde, a la casa de George Washington para las exequias fúnebres (1799) cuando murió el Padre de la Patria estadounidense.
Casi un siglo después, se revertiría esa ayuda, cuando norteamericanos vinieron en una docena de expediciones con armas, pertrechos y luchadores por la independencia de la Isla contra el poder colonial español.
El Mayor General Thomas Jordan, natural de Luray, Virginia, arribó a Cuba el 11 de mayo de 1869, comandando la expedición del Perrit. En diciembre de ese año era ya el jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador.
Henry M. Reeve, de Brooklyn, Nueva York, se convirtió en un héroe de leyenda para los patriotas cubanos y uno de los jefes más admirados y queridos por su disciplina, lealtad y valor. Murió en combate el 4 de agosto de 1876, cuando invadía el occidente del país. Alcanzó el grado de General de Brigada.Nueve norteamericanos pelearon como coroneles mambises, de los cuales cinco murieron en combate. Dos alcanzaron el grado de tenientes coroneles, ocho fueron comandantes, diecisiete capitanes y ocho tenientes. Otros 83 combatientes alcanzaron diferentes rangos.
Cuando los mambises tenían casi ganada la guerra contra España vino una ayuda no solicitada, los “rough riders” de Teodoro Roosevelt, quien llegaría a la presidencia de Estados Unidos, años más tarde. Al firmarse la paz en 1898, el poder colonial español dejó su antigua colonia en manos norteamericanas.
Extranjeros participantes en la guerra de Secesión al lado de Lincoln también marcharon a Cuba a pelear por su independencia, como el polaco Carlos Roloff Mialofsky, quien al concluir la guerra, viajó a Cuba, donde se radicó en 1865 e hizo familia.
Fue uno de los jefes del levantamiento en la región central del país en 1869 y durante la Guerra de los Diez Años fue ascendido a Mayor General del Ejército Libertador y resultó protagonista importante de la Guerra Chiquita y la del 95.
El 19 de abril de 1898 el Congreso de la Unión aprobó la Resolución Conjunta en cuyo texto, como despejando cualquier duda o sospecha sobre las verdaderas intenciones de los ocupantes, se expresaba en su artículo primero: “el pueblo de la Isla de Cuba es y debe ser, libre e independiente”.
Ocurrió todo lo contrario. Cuatro años de intervención militar y una república neocolonial en la que el Gobierno de Estados Unidos, amparado en la Enmienda Platt, se arrogaba el derecho de intervención, siempre que considerara sus intereses en peligro.
Como afirmó el exembajador de Estados Unidos en Cuba en 1959, Earl T. Smith, al testimoniar ante el Senado de su país: “hasta Castro, los Estados Unidos eran tan abrumadoramente influyentes en Cuba que el embajador americano era el segundo hombre más importante, a veces más importante que el presidente cubano”.
Según recordó recientemente el director del Instituto de Historia de Cuba, René González Barrios, “el respeto a la memoria de aquellos nobles héroes, que lucharon por nuestra independencia, debería inspirar, por parte de las administraciones estadounidenses, los nuevos tiempos y la relación bilateral que se construya”.
Sobreviene el deshielo
En la actualidad, el presidente Barack Obama justamente toma distancia de los fracasos de 10 administraciones anteriores, desde Dwight D. Eisenhower, en la política hacia la Isla, “que no puede ser rehén de la política anterior de Estados Unidos”.
El día primero de julio, Obama anunció desde el jardín de la Casa Blanca la apertura de embajadas en las dos capitales, lo que calificó de “paso histórico hacia adelante en el camino de normalizar las relaciones con el Gobierno y el pueblo cubanos, así como comenzar un nuevo capítulo con nuestros vecinos de América Latina”.
Reconoció que “la política de aislamiento no funcionó”. En ese intento de aislar a Cuba, dijo, nos aislamos de nuestros vecinos de América Latina”.
La afirmación de Obama fue ratificada al día siguiente por Wayne Smith, testigo privilegiado del turbulento diferendo, ya que ayudó a cerrar la embajada en La Habana en 1961.
“Hemos seguido esta política, año tras año, ¡Dios bendito!, que no aisló a Cuba, sino que nos aisló a nosotros”, dijo Smith ante su escritorio en Washington.
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