Hakely Nakao: A Eusebio le dolía La Habana por rescatar.

Tomado de La Jiribilla
Por Ana María Domínguez Cruz
“Creo que hay que tener mucho cuidado siempre;
para demoler y para derribar hay hachas y mandarrias,
y para construir faltan manos.
Hace falta multiplicar las segundas
y disminuir las primeras.”
(Eusebio Leal,
26 de diciembre 2016).
“Eusebio Leal… ¿Qué decir de él? Hombre de una oratoria elocuente y mordaz, pero humilde de raíz. Podías verle cada mañana, muy temprano, recorriendo las calles vacías de su Habana, al despertar, sin visitantes, sin adornos, desnuda y pura, para conversar con ella a solas, con la complicidad de una novia que espera a su fiel amado en los balcones o detrás de los vitrales coloniales”.
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“Tanto. Eusebio nos hizo ver la importancia de que cada ciudadano, como habitante de un lugar mágico, tiene la responsabilidad de mantener vivo el espíritu que da identidad al entorno en el que vive. Nos enseñó a sentirnos orgullosos de las calles por las que transitamos a diario y que damos por garantizadas. Nos ayudó a entender que la perseverancia es la clave de todo éxito, a pesar de las dificultades sociales y económicas. Y que la humildad, virtud heredada de otros grandes pensadores, maestros, intelectuales, habaneros, cubanos todos, al fin, es la llave que abre las puertas de todos los corazones. La honradez, como le decía su madre, ‘la honradez es el símbolo de la verdadera virtud, de ahí nacen todos los demás valores’”.
La musicóloga, cantante y compositora Hakely Nakao Chavez Öztürk sufrió, desde la distancia allá en Turquía, la noticia de la muerte del hombre que le fue leal hasta su muerte a la capital cubana, a la Cuba toda. Representante de la Primera Asociación de Cubanos Residentes en Turquía y directora del quinteto Ensemble Cubafónica, integrado por músicos cubanos, comparte vía email sus pensamientos en medio de la trágica novedad.
“Recuerdo que durante la primera década de los 2000 la oficina de mi mamá era justo en la Plaza de la Basílica de San Francisco de Asís. El histórico edificio de ocho pisos albergaba la Oficina Central de la Empresa del Petróleo en Cuba (Cupet), a la izquierda, el edificio de la Lonja del Comercio, a la derecha, la majestuosa Basílica y Convento de San Francisco y, justo cruzando la Avenida del Puerto, el edificio central del Puerto de Cruceros de La Habana.
“Era habitual para mí ver a Eusebio Leal caminar por la plaza con la mirada hacia arriba, como quien examina la ciudad desde una perspectiva que no todos los ojos ven, y era muy común verle entrar hasta el patio interior del edificio de Cupet, saludar amablemente a todo el que estaba alrededor y tocar las pequeñas esculturas que adornaban sus corredores. Y aunque esta era una escena común de las rutinas mañaneras, aún veías cómo se iluminaban los rostros de quienes pasaban por su lado. Y su rostro, complacido de sentirse pueblo y parte de él.
“Las palomas, el café, los transeúntes, los vecinos residentes, todos, vibraban al compás de la pasión trasmitida por Eusebio. Éramos todos el reflejo de lo que él soñaba. Su obra iba más allá que conservar muros, ventanas, documentos, frescos. Su obra iba encaminada a reparar los daños en nuestros corazones ante las pérdidas materiales, él fue un ángel reparador de sueños, de esperanzas, y futuros, refugiados en el rescate de una historia que las nuevas generaciones no escogimos, pero que nos dan nombre e identidad en cada rincón del planeta.
“Orgulloso de haber sido protagonista y testigo de la transformación que provocó el triunfo de la Revolución cubana en 1959, que fuera como ver el sueño de Gómez, Maceo, Martí y Céspedes llegar a realizarse. ‘Nos tocó el privilegio de poder vivir y ver a los hombres de la Revolución; vivir y sobrevivir a ella, cambiarla, retomar el camino, analizar los necesarios extravíos, rectificar errores, cometerlos que es de humanos. Es una Revolución hecha por hombres, no por arcángeles disfrazados de seres humanos’”.
Hakely reconoce que fue un cubano que amó y luchó incansablemente por su patria y por su Habana natal, y en cada fruto de su obra dejaba grabado el orgullo de una obra hecha por y para otros. “En cada uno de los hombres, mujeres y niños y niñas que trabajaban a su lado, dejaba una semilla de identidad y pertenencia ante el material histórico y la raíz que, desde la visión de cada familia, cada cuna, deja huellas imborrables. Decía que la cubanía es no fragmentar el pensamiento de los fundadores, sino comprenderlos en su tiempo. Me refiero concretamente al pensamiento de (José) Martí, o al de (Enrique José) Varona, o al de (José María) Heredia, o al de (Don José de la) Luz y Caballero o al de (Félix) Varela. Hay que poseer el conocimiento culto del por qué y para qué”.
Recuerda ella que la Oficina propició la creación de talleres vocacionales para formar curadores, restauradores, artesanos, expertos en la preservación y conservación del patrimonio histórico. Leal educó a la población habanera directa e indirectamente. A unos les dio oficio, a otros, ocupación. Una gran mayoría de jóvenes habaneros, y no pocos en edades escolares, fueron acogidos en los cursos para cultivar sus inquietudes como artistas, elevar su nivel cultural y hacerlos protagonistas de una obra mayor, una obra trascendental.
“Personalmente recuerdo que, entre 2002 y 2004, formé parte de la fundación de la primera agrupación coral femenina profesional de Cuba: Ensemble Vocal Luna, y su primera sede de ensayos fue la Casa de la Obrapía. Igualmente veía a La Camerata Romeu ensayar casi todos los días en el octavo piso del edificio de Cupet, que abría las puertas de su teatro para dedicar algunas horas diarias a la música de cámara. Entre los años 1997 y 2001 matriculé y me convertí en miembro activo de las actividades que se daban lugar en el museo Casa de Asia, donde recibí, entre otros cursos, idioma japonés, cultivo y conservación de bonsai, decoración y arreglos florales japoneses, así como caligrafía y comprensión de los kanjis, apoyados por el interés de la Oficina del Historiador en acercar al pueblo cubano a sus raíces ancestrales. Mi caso particular con las raíces japonesas se vio iluminado, pero como yo, otros descendientes de culturas extranjeras como los chinos, árabes, gallegos encontraron la posibilidad de promover y trasmitir, de forma abierta, los conocimientos y las prácticas de las tradiciones de sus ancestros en las diferentes instalaciones, que tenían la misión de promover esas culturas y sus costumbres.
“La Habana ya renovada le saludaba como una novia florecida y coqueta. La Habana por rescatar le dolía, le dolía hasta llorarla, y su gente, esa gente que a diario habitaba esa parte de la ciudad, lloraba con él… cada día le veías saludar como un caballero a todos los ciudadanos que le cruzaban en su andar, a los que se detenían a hacerle una pregunta, siempre pensativo, reflexivo, nunca agitado, parecía que el tiempo se detenía en cada paso, como si cada adoquín le susurrara motivos de vida y él, como fiel oyente, atento a cada mensaje escondido de su Habana, le acariciaba con sus pies y sus manos, prometiendo hacer más de lo que pudo haber pensado que hacía.
“Considero que la Oficina del Historiador también promovió una revolución cultural. La creación de proyectos culturales, que involucran a la comunidad en el conocimiento y dominio profundo de sus raíces, propició intercambios constantes con lo más valioso de la cultura cubana. Los diferentes eventos organizados y auspiciados por la institución jugaron un papel importante en el éxito del programa, ganando entre los vecinos y el pueblo cubano en general, prestigio y admiración profundas.
“La creación de grupos de teatros, algunos de ellos callejeros, óperas, salas de concierto, la emisora radial Habana Radio, las diferentes publicaciones periodísticas —como la revista Opus Habana—, teatros, el establecimiento de estudios personales para artistas plásticos y visuales, salas de exhibición, galerías de arte, bibliotecas y la instauración del sello discográfico La Ceiba, dedicado a apoyar el rescate musical cubano. La apertura de museos temáticos (Casa de Asia, Maqueta de La Habana, Cámara oscura, Museo del ron, Casa del abanico, Museo Oswaldo Guayasamín, el Castillo del Morro, La Cabaña, entre otros) fueron obras mayores, que estuvieron marcadas por el refinado gusto para atraer a sus instalaciones, primero, a la población habanera, luego, la de toda Cuba, en tiempos en los que visitar museos no era prioridad y mucho menos una actividad de interés colectivo.
“No quiero olvidar el apoyo a instituciones artísticas y el abrigo a sus proyectos en sedes e inmuebles de alto valor histórico, como el Gabinete de Patrimonio Musical Esteban Salas (Miriam Escudero), Ars Longa (Teresa Paz), Lizt Alfonso Dance Cuba, La Colmenita, Rutas y Andares, el teatro callejero Giganterías, la Schola Cantorum Coralina (Alina Orraca) y sus proyectos de cantorías infantiles, entre muchos otros.
“Como dijera Martí, ‘La muerte no es verdad cuando se ha cumplido la obra de la vida’ y creo que hoy no vemos partir a Eusebio. Lo vemos engrandecerse a la diestra del Apóstol, a quién admiró profundamente. Solo espero que nos mire desde donde esté, quizás desde la cúpula de su también adorado y concluido Capitolio, o desde cualquier rincón de su amada Habana, a la que vio lucir sus mejores galas cuando felizmente celebró sus primeros 500 años. Las sábanas blancas cuelgan de los balcones, pero su andar se queda en la Habana que es suya, que es nuestra, que es de todos”.
“Yo no aspiro a nada, no aspiro ni siquiera a eso que llaman la posteridad; yo no aspiro a nada, yo solo aspiro a haber sido útil. Y le pido perdón a todos aquellos que, a lo largo de la vida, en la búsqueda necesaria de lo que creí mi verdad, pude haber ofendido; y a mis propios errores que cometí con la pasión juvenil en que todo hombre y todo pueblo busca sus propios caminos. Yo creo que al final lo encontré, y que esa luz que veo ahora, ahí, en medio de las tinieblas del ocaso, es finalmente el camino”. Entrevista a Eusebio Leal para la Mesa Redonda (TV Cubana, 18 de octubre 2019).

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