Historia

El fusilamiento de los estudiantes de MedicinaPor Orlando Oramas LeónEl 27 de noviembre de 1871 marca una fecha especial para el ideario independentista del pueblo cubano, y en particular el protagonismo, entrega y sacrificio de sus jóvenes.Al conocerse el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de Octubre de 1868, numerosos estudiantes universitarios abandonaron sus aulas en La Habana y se enrolaron en varias expediciones armadas para unirse a los sublevados. La hostilidad del gobierno colonial hacia la Universidad de La Habana fue incrementándose, a medida que se expresaba el apoyo de los estudiantes a la lucha en la manigua.El Cuerpo de Voluntarios reaccionó con extrema violencia a los aprestos de independencia de la juventud, víctima de la represión y actos de provocación, antesala de aquel horrendo crimen.Así comenzó el año 1869, en medio de disturbios entre las compañías de voluntarios al servicio de la Corona y los estudiantes que apoyaban a los mambises. La masacre del teatro Villanueva y los incidentes en el Café El Louvre, pusieron la situación al rojo vivo.En mayo de 1870, el capitán general Caballero de Rodas envió un mensaje a Carlos Manuel de Céspedes, comunicándole que su hijo menor, Amado Oscar de Céspedes y Céspedes, un estudiante de 22 años, había sido capturado y condenado a muerte. De Rodas pretendió poner al Padre de la Patria en una mortal disyuntiva: la vida de su hijo a cambio de que abandonara la lucha armada. “Oscar no es mi único hijo, soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la libertad de Cuba”, fue la respuesta de Céspedes. La de la Metrópoli fue la ejecución del joven prisionero. El 24 de septiembre de 1870, el estudiante universitario y miembro de la Cámara de Representantes en la Asamblea de Guáimaro, Luis Ayestarán Moliner, de 24 años, el primer habanero que se incorporó a las fuerzas del Ejército Libertador, fue condenado a muerte y ejecutado en el garrote.El 10 de octubre de 1871, exactamente tres años después del alzamiento de Céspedes, el poder colonial aprobó un decreto que privaba a la Universidad de La Habana del derecho a otorgar el grado académico de doctor en ciencias. En este complejo escenario, el 23 de noviembre de 1871, un grupo de 45 estudiantes del primer curso de Medicina, fueron acusados, sin fundamento, de rayar el cristal de la tumba del periodista español Gonzalo de Castañón, director del periódico anticubano La Voz de Cuba.Un consejo de guerra, sumario y verbal, dictó sentencia de absolución a unos y pequeñas sanciones a otros. Pero los voluntarios protestaron enérgicamente, obligando al general Romualdo Crespo a ordenar un segundo proceso jurídico. .La venganza irracional primó en aquella farsa, en la que la justicia fue escamoteada por las manipulaciones. Entre los otros sancionados, ocho fueron condenados a muerte, once a seis años, veinte a cuatro años y cuatro a seis meses de reclusión carcelaria. Todos los bienes de los procesados quedaron incautados. En el grupo había un menor de edad, 16 años; dos adolescentes de 17, entre ellos Carlos Verdugo Martínez, quien el día del hecho se encontraba en Matanzas. Ninguno era mayor de 21 años.Los estudiantes fueron fusilados a las cuatro y veinte minutos del 27 de noviembre de 1871, en la explanada de La Punta, frente al Castillo de los Tres Reyes del Morro, en La Habana. Los ejecutaron de dos en dos, vendados, con las manos atadas a la espalda y de rodillas.Frente a tal injusticia, se alzó en gesto de protesta el capitán del Ejército español, Federico Capdevila, quien había actuado de oficio en la defensa de los jóvenes. Capdevila rompió su espada en público, en señal de protesta. La Universidad de La Habana fue clausurada, pero no la rebeldía de los jóvenes cubanos. Entre ellos José Martí. De él son estos versos, dedicados a los ocho estudiantes de Medicina fusilados por el oprobio colonial: “Cadáveres amados, los que un día/ Ensueños fuisteis de la patria mía, / ¡Arrojad, arrojad sobre mi frente/ Polvos de vuestros huesos carcomidos!/ ¡Tocad mi corazón con vuestras manos!/ ¡Gemid a mis oídos!/ Cada uno ha de ser de mis gemidos/ Lágrimas de uno más de los tiranos! [...] ¡Y más que un mundo más! Cuando se muere/ En brazos de la patria agradecida/ La muerte acaba, la prisión se rompe; / Empieza, al fin, con el morir, la vida!

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