Imagen y Memoria de Ernesto Fernández

Fotografía
Imagen y memoria de Ernesto Fernández
Ciro Bianchi Ross
Aunque lo intentara no podría sacar la historia de mis fotos, dice Ernesto Fernández mientras recorremos la exposición La fotografía y la memoria, muestra antológica de su quehacer profesional que se mantuvo abierta durante un mes en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, con motivo del Premio Nacional de Artes Plásticas que mereció el fotorreportero.
Ernesto Fernández es un cronista. Un testigo elocuente. Ha estado en todo: en los combates de Playa Girón, en la lucha contra bandidos y piratas, en los sucesos de la crisis de octubre, fue corresponsal de guerra en Venezuela (1959) en Nicaragua y en Angola, y estuvo en misiones internacionalistas de carácter civil.
Ha sido la suya una vida de riesgos. Fue el primer fotógrafo en llegar a Playa Girón cuando la invasión de 1961, y tomó la foto del primer muerto. En Nicaragua lo abrazó un puma y salió ileso, y en Angola sobrevivió milagrosamente a la emboscada que sufrió el grupo en que se transportaba. Se considera un hombre con suerte. Sentía que la cámara lo protegía. “No es que sea ni más valiente ni más cobarde que nadie, pero nunca me vi entre los muertos. Sentía que yo estaba allí para hacer eso, para tirar fotos”, afirma.
Como fotorreportero ha dado testimonio de la gran epopeya de nuestro pueblo, pero esa es solo una arista de su quehacer porque ha registrado además otra epopeya no menos heroica: el día a día de los cubanos en estos cincuenta y cuatro años de Revolución que quedó atrapado en sus reportajes con imágenes de gran impacto; una obra de altísima calidad que conjuga la experiencia estética con trascendentes valores testimoniales.
Hay una foto suya emblemática. Corren los años 50 del siglo pasado, se erige el monumento a José Martí en la Plaza Cívica o de la República —hoy Plaza de la Revolución— y la cabeza del Apóstol que rematará la escultura de Sicre está en el suelo, apuntalada por dos tablones forrados en sus extremos con sacos negros a fin de que la madera no estropee el mármol. Tal parece en la foto de Ernesto que a Martí le taparon los ojos para que no viera tanta miseria, tanta corrupción, tanta podredumbre.
Otra foto suya resulta asimismo emblemática. La que captó de los autobuses repletos de milicianos  bombardeados en Playa Girón. Una atmósfera gris y desolada envuelve esa imagen. Habla por sí misma. Anuncia que se acerca un nuevo combate y proclama, sin lugar a dudas, la victoria.
Comenta Ernesto que vio esa fotografía. No la pensó, sino que vino sola, tal vez por todo el archivo de imágenes que tenía en la cabeza, o por haber visto tanto cine también. La había visto miles de veces y la ocasión se la ponía delante. Era una imagen que estaba ahí; solo había que estar en el lugar y disponer de una cámara. Nada del “momento decisivo”, de Cartier Bresson. Más importante es lo decisivo del momento, recalca el artista. Captar lo que se considera decisivo. Lo que se ve.
En este punto, Ernesto recuerda sus inicios en el periodismo gráfico en la revista Carteles, de La Habana. Tenía doce años de edad y fue dibujante, diseñador y escenógrafo teatral hasta que Carlos Fernández lo decidió por la fotografía. Carlos hizo las portadas de la revista Bohemia y pasó luego a Carteles. Un buen dibujante y una buena persona. “Un día me dio dos pesos y me recomendó que fuera a ver una película para que reparara en la fotografía que se hacía en el cine”.
Con su primera cámara fotografió La Habana con sus carteles lumínicos en inglés,  turistas norteamericanos y sus barrios de indigentes. Cubanos que no tenían trabajo y vivían en la calle, como la foto, también antológica, del hombre que en plena vía pública duerme con la cabeza apoyada en las rodillas o la de la niña semidesnuda que se sienta sobre el bastidor pelado de su camastro.
Trabajó, después de 1959, en el periódico Revolución y en las revistas INRA, Cuba y Cuba Internacional. Vivió la fotografía cubana un gran momento en los años 60. Las fotos se desplegaban a dos páginas y abundaban los reportajes gráficos. Junto a nombres legendarios como Korda, Corrales, Salas, Liborio, el propio Ernesto, hay otros menos conocidos que algún día la historia deberá tomar en consideración. Es la etapa de la  llamada fotografía épica.
Fotos de Ernesto en Venezuela y en Brasil hablan de su trabajo más reciente, con el que también ha organizado exposiciones por todo el mundo. Con un amplio reconocimiento en el exterior, que se ha incrementado en las últimas dos décadas, Ernesto ha expuesto en EE.UU., Canadá, Dinamarca, Italia, Francia, Reino Unido y México, entre otros países. Entre los lauros que ha recibido se encuentran el Premio Interpress Photo (Moscú, 1985), el Premio Fotografía Iberoamericana, de la Universidad de Harvard (Boston, 2000) y el Premio Olorum Iberoamericano (La Habana, 2005).
Hoy, con 74 años, Ernesto Fernández podría estar de vuelta de todo. Pero sigue dando prueba de la misma curiosidad de siempre. Lo siguen animando las mismas ganas de trabajar y de vivir. Nunca trabajó por galardones ni reconocimientos, sino por el gusto de hacer una obra bien hecha que dejara testimonio. Así, el Premio Nacional de Artes Plásticas es para él un reconocimiento a sus concepciones estéticas de que la fotografía de prensa, el quehacer del día a día, es también obra artística, definitiva y de valor.