Jorrín y “La engañadora”.

Por Orlando Carrió

Enrique Jorrín, violinista, director de orquesta, arreglista y compositor, fue un dios en la música, pero además tuvo un agudo sentido el humor, lo que le permitió retratar en sus creaciones a varios personajes pintorescos de la capital y regalarnos el chachachá, un ritmo nuevo y contagioso del que pocos logran escapar, género musical transformado pronto en una moda, en una fiebre, capaz de arrebatar a los bailadores más fervorosos.

Jorrín, quien desarrolló casi toda su carrera musical en La Habana, donde fue un ícono, nació en Candelaria, Pinar del Río, el 25 de diciembre de 1926. Su padre, destacado sastre y clarinetista de orquestas populares que tocaban en la actual provincia de Artemisa, lo animó desde niño a seguir el camino de la mejor música popular cubana, a pesar de los indudables riesgos de la profesión.

A los 11 años de edad creó e interpretó su primer danzón, titulado Hilda, y a partir de los años 40 ingresó en la agrupación danzonera Hermanos Contreras, donde hizo méritos para incorporarse después a Arcaño y sus Maravillas, a la Ideal y a la América, de Ninón Mondéjar, antes de fundar su propio piquete musical en 1954 e irse a recorrer México.

Estando en la América, ya en calidad de director musical, Jorrín grabó, en marzo en 1953, su conocida obra La engañadora (junto a Silver Star), una pieza antológica que marcó el nacimiento de una nueva modalidad danzaria: el chachachá. Curiosamente el maestro, audaz e intuitivo como pocos, se inspiró para realizar esta pieza en el sonido que provocaban los bailadores al arrastrar los pies sobre el piso… El toque mágico lo marcaba el güiro de Gustavo Tamayo, instrumentista de la América: ¡un, dos…, cha cha cha!

La engañadora cuenta la historia de una joven con una anatomía colosal (senos, caderas, glúteos) que asistía a un salón de baile abierto en los altos de la esquina de Prado y Neptuno, el cual era frecuentado también por Jorrín, artífice, asimismo, de muy buenos danzones y de partituras para el teatro. Según los viejos cronistas, a esa hembra “todos los hombres tenían que mirar”; sin embargo, pronto se descubrió un secreto: “en sus formas solo rellenos hay”.

En 2013 el colega Rafael Lam publicó en las redes un interesante artículo donde aseguró: “La modelo que sirvió para ilustrar La engañadora todavía vive en La Habana: se llama Águeda Álvarez, y su nombre artístico era Lalín Lafayette; igualmente tuvo el sobrenombre de La Sandunguera de Cuba”.

Por supuesto, el chachachá caló muy hondo entre los danzantes en Cuba, México y otros muchos países; sonó a diario en fiestas y salones de baile. Se vendieron miles de discos con sus temas más legendarios y decenas de orquestas lo hicieron suyo.

Leonardo Depestre indicó con acierto, en La Jiribilla, que esta manifestación permitió tornar la mirada de los bailadores nuevamente hacia los ritmos nacionales como el son, el bolero y la rumba, asediados por la música norteamericana, en particular el rock and roll.

Con los años el chachachá se mantuvo en la preferencia del público gracias a nuevos éxitos de Jorrín, al estilo de El alardoso y El túnel, que inspiraron a otros importantes compositores como Richard Egües (El bodeguero, Sabrosona), Rosendo Rosell (Calculadora) y Miguel Jorrín (No te bañes en el malecón).

La famosa actriz francesa Brigitte Bardot bailó un chachachá en su atrevida película Y Dios creó a la mujer; el rey del mambo, Pérez Prado, lo incluyó en su repertorio; Fajardo y sus Estrellas lo pasearon por los grandes cabarets, como el Montmartre, de La Habana, y el Waldorf Astoria, de Nueva York, y Nat King Cole triunfó en la radio con versiones atípicas de la música de Jorrín.

Tuve la oportunidad de entrevistar a Enrique Jorrín poco antes de su deceso, ocurrido el 12 de diciembre de 1987, con 60 años. Era un artista enorme y un excepcional ser humano. Recuerdo que en ese entonces abogó por una mayor presencia de nuestra música en la radio nacional.

De todas maneras, su chachachá sigue vigente en la filosofía de baile de los veteranos y aspira a seguir conquistando a la gente nueva. Su imagen de hijo pródigo de Cuba y, en particular, de La Habana, nunca se borrará.

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