Por Amelia V. Roque
La escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), durante su última estancia en Cuba, en 1953, afirmó que José Martí “fue mi maestro y mi guía... su pensamiento está en mí, forma una sola pieza con mi ideario”.
Y la Premio Nobel de Literatura de 1945 ahondó ante la prensa de la época: “Lo leí, lo volví a leer, lo leí por tercera vez; fundí mi pensamiento con el suyo y dejé que mi alma fuese invadida por todas las ideas martianas”.
Esto lo confirmó la autora durante el discurso pronunciado el 28 de enero de ese año en el Capitolio Nacional, con motivo de centenario del natalicio del Apóstol (1853-1895), cuando destacó la coherencia martiana en una obra literaria de amplios quilates y una vida dedicada a la causa de la independencia de Cuba.
“Criatura partida en dos lonjas: la de la paz y la de la guerra, partido entre su vocación de amor y la acometida bélica, y hombre que dividido entre dos misiones resulta ser, sin embargo, unidad pura”, destacó entonces la creadora de Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938), Lagar (1954) y ensayos y artículos de honda raigambre latinoamericana.
Con anterioridad, en 1938, Mistral analizó en una conferencia impartida en Cuba la trascendencia de los Versos sencillos del Héroe Nacional, que consideró la médula martiana, “isla genuina” de la originalidad poética del Maestro, sobre lo cual resumió: “Parecen versos de tonada chilena, de habanera cubana, de canción de México, y se nos vienen a la boca espontáneamente”.
Al tiempo que la escritora, pedagoga y diplomática alabó la altura intelectual del cubano, reconoció que “el trance del momento era duro, y Martí nos entregaba su poesía cortada aquí y allá del sollozo patriótico o del puñetazo de fuego al tirano”.
Pero la primera conferencia sobre el héroe dada por la autora suramericana en Cuba fue La lengua de Martí en 1931 —un texto que a entender de analistas marcó pautas para la época—, en la cual subrayó que la autenticidad del discurso de este hombre único se hallaba en “el tono”, “el vocabulario, uno de los más ricos de la literatura latinoamericana”, y “la extraordinaria sintaxis”.
Resaltó en Martí su empleo magistral de la metáfora, “virgínea y en tal abundancia que no se entiende de qué prado de ellas se provee en cada momento sin que la reincidencia lo haga nunca aceptar una sola manoseada u ordinaria”.
Si bien distinguió al escritor, quien engrandeció la poesía, la prosa y la oratoria de habla hispana, también evocó al Martí que “peleó sobrenaturalmente, sintiendo detrás de sí a causa de la independencia cubana, que le quema la espalda”.
Es decir, que la escritora chilena galardonada con el premio de la Academia Sueca ponderó conjunción de pensamiento y forma expresiva, de estructura e idea, como un todo, en quien consideró como “mi padre cubano”.
Estudiosos del tema ratifican tal ascendencia. Pedro Luis Barcia, quien fuera presidente de la Academia Nacional de Educación y de la Academia Argentina de Letras, en su estudio La prosa de Gabriela Mistral (2010), llamó la atención de que en Lecturas para mujeres (1923) ya ella había adoptado la expresión martiana “Nuestra América”.
Explicó que “son muchas las razones de coincidencia (de Mistral) con el cubano”, y citó, entre otras, la defensa de la independencia americana, la prédica por la patria grande, la consideración a lo mestizo, la preocupación social y el estilo de la prosa.
Por su parte, Juan Loveluck, ensayista, académico y profesor universitario chileno, observó en el ensayo Estirpe martiana en la prosa de Gabriela Mistral (1984) ese ascendiente en la devoción a lo propio, el amparo de lo genuino popular, la indagación en lo indígena americano, entre otras propuestas.
Como herencia de Martí, planteó Loveluck, Mistral acude al arcaísmo y al neologismo; en su estilo se hizo eco de derivaciones ensayísticas y estructuras tomadas como patrones, préstamos —máximos o mínimos— “visibles en todo escritor, que sirven para tasar lo que adeuda a la tradición antecesora”, pero sin duda situó la escritura de la chilena entre lo mejor “de una trayectoria hispánica bien definida por su voluntad de andar en lo concreto y palpable”.
En 1953, Gabriela Mistral había aclarado a periodistas en La Habana que “no sin razón, alguien ha dicho que mi prosa tiene un fuerte sabor martiano... ¿Cómo no habría de serlo si el ideario de Martí es mi propio ideario...?”.
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