Por Mayra Pardillo Gómez
Hacia las afueras del centro de la ciudad de Sancti Spíritus, que este año arribó a su medio milenio de fundada, existe una edificación ecléctica de la década de 1920, con relevantes valores arquitectónicos que la convierten en una joya: el Hogar de ancianos San José.
Datos consultados ofrecen dos versiones acerca de cómo se fundó esta institución. Una de ellas afirma que fueron dos monjas españolas: sor Isabel y sor Ramona, de la congregación del Corazón de Jesús, quienes trajeron la idea de levantar el asilo, mientras otros aseguran que las religiosas pertenecían a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Con ese propósito llegaron ambas a Sancti Spíritus en 1916 y lo recorrieron hasta encontrar a María Concepción Iznaga García, quien se hizo cargo de sufragar los gastos de la construcción del inmueble. En el denominado Hogar habitan desde hace años 88 ancianos de forma permanente y 12 que acuden al lugar de forma ambulatoria.
La institución recibió en este año 2014 los beneficios de una reparación capital y cuenta en la actualidad con una capilla de notables características neogóticas, convertida en sala de visitas; además dispone de un agradable patio interior, una opulenta entrada, rematada por altas columnas, y una singular torrecilla en la parte superior de la construcción.
No obstante a que para muchos estudiosos las tres joyas arquitectónicas esenciales de esta ciudad son la Iglesia Parroquial Mayor, el Puente sobre el río Yayabo y el Teatro Principal, otras edificaciones como la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena, la otrora Colonia Española y el Hogar de Ancianos San José se insertan en la lista de inmuebles espirituanos con valores patrimoniales.
Y en cuanto al hogar para la tercera edad, este posee un valor agregado: contribuir a la atención y cuidado de abuelos sin amparo familiar, a quienes se les ofrece además el cariño que este grupo de la población requiere, justamente cuando esta es una de las tres provincias más envejecidas del país.
Al cierre de 2013, más de 100 personas cumplieron un siglo de vida en Sancti Spíritus, tercer territorio del país con mayor número de adultos mayores. Villa Clara (al centro) y La Habana (al occidente) resultaron, asimismo, las otras dos provincias cubanas más envejecidas.
De acuerdo con medios de prensa locales, la instalación espirituana ofrece servicios de fisioterapia, podología, medicina, enfermería y farmacia, así como de lavandería y peluquería-barbería.
Otros datos aseguran que, al iniciarse la República en 1902, Sancti Spíritus, la cuarta de las siete primeras villas fundadas en la isla por los conquistadores españoles, carecía de un asilo para ancianos desvalidos.
Altruismo y patriotismo
María de la Concepción Iznaga García procedía de una familia de gran poder económico en Trinidad, Patrimonio Cultural de la Humanidad, que atesoró enormes riquezas con la explotación de los ingenios azucareros que florecieron en el siglo XIX en el Valle de los Ingenios.
Miembros de este linaje se identificaron con la corona española, pero otros como el abuelo de María de la Concepción, José Antonio Iznaga Borrell, y los hermanos de este, José Aniceto y Antonio Abad, lucharon por la independencia de Cuba del yugo español. A ella, los espirituanos le llamaron Doña Concha, y por su mediación las Hermanas de la Caridad alquilaron la finca o quinta Santa Elena, por un período de dos años prorrogables para otros dos.
Algunos textos señalan que, además de mecenas, Doña Concha apoyó la causa independentista cubana y procuró que documentos importantes llegaran a su destino, por medio de ingeniosas vías.
Su esposo se llamó José Rafael Reyes García y con él se casó el 20 de abril de 1870.
Según el plano, el terreno donde se haría la obra medía 3 950 metros cuadrados y estaba ubicado en la manzana de urbanización en proyecto, hacia el extremo norte de la ciudad.
Para la construcción del edificio Doña Concha solicitó ayuda al pueblo y entre las personalidades que colaboraron, dado su poder económico, sobresalieron Manuel Rionda, Natividad Iznaga y un hijo de la benefactora.
Aún sin concluir el edificio, las hermanas de la congregación religiosa y los ancianos fueron a residir allí el 5 de enero de 1920.
Hoy, esta joya arquitectónica remozada cumple un importante cometido en la comunidad, pues acoge a hombres y mujeres que en su momento hicieron notables aportes a la sociedad y a la familia, y ahora requieren de los cuidados y el cariño de sus continuadores.
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