La Habana, erguida, muestra su resistencia una vez más.

Por Lídice Valenzuela

Ni el célebre adivinador Michel de Nôtre-Damehubiese anticipado el tornado que azotó La Habana el 27 de enero pasado, mientras la juventud preparaba antorchas y ceremonias para homenajear a José Martí en su 166 cumpleaños, al día siguiente.

Pocas horas después de que un intenso tornado —fenómeno desconocido para los habaneros—destruyera grandes barriadas, mientras las mujeres lloraban en silencio, los niños estaban asustados y los hombres apretaban los puños ante la devastación, un bálsamo de verdades y abrazos demostró que aquellas poblaciones estuvieron acompañadas por personas que demostraron, una vez más, el tradicional espíritu de solidaridad y amor del pueblo cubano.

Los pequeños no entendían bien lo que ocurría, sujetos por manos adultas, las vecinas aun llorosas hablaban y hablaban sobre el ruido ensordecedor, las viviendas cayendo, los objetos volando, el ruido semejante al de un avión en picada.

Las primeras luces del día alumbraron la destrucción, el dolor de la gente. Y también la presencia del presidente del país, Miguel Díaz-Canel, llegado a la zona del desastre poco después del paso del tornado junto a sus ministros.

Nadie quedó desamparado, pero el panorama en los primeros días era desolador no solo en lo material, sino también en la mella que dejó en el alma de quienes observaron personalmente o mediante los medios el desastre y las historias de las victimas.

Seis fallecidos y más de 200 heridos, de ellos 16 en grave estado. Mil 238 viviendas afectadas con derrumbes totales o parciales, un hospital materno casi en ruinas, —donde esa noche nació un bebé a la luz de los celulares—  escuelas, policlínicas, caída absoluta de la red eléctrica en la ciudad y desabasto de agua en varias zonas. Las calles obstruidas por escombros, árboles sanos arrancados de raíz, vehículos destruidos, industrias afectadas.

Aunque se esperaba la entrada de un frente frío con lluvias y algún viento, ni en sueños alguien imaginó un tornado que se formó sobre las 20:00 (hora local) en el barrio del Casino Deportivo, en el municipio del Cerro, con vientos de 300 kilómetros por hora y un diámetro de entre 50 y 350 metros. El recorrido duró solo 16 minutos. Salió al mar en el otro extremo de la capital, por el reparto Celimar, en La Habana del Este. A su paso devastó los municipios de 10 de Octubre, el sur de Regla, Guanabacoa y San Miguel del Padrón.

Los científicos estiman su medición en un F-4 en la escala de Fujita mejorada, el más poderoso en la escala establecida para medir y clasificar la intensidad de estos fenómenos.

 Al asombro y el dolor por la destrucción, una vez más el espíritu de resistencia de los cubanos —el mismo que permite sobrevivir con el bloqueo económico, financiero y comercial de 60 años de Estados Unidos contra esta pequeña Isla— se convirtió en una masa de solidaridad procedente no solo de La Habana, sino incluso de otras provincias.

Son centenares las muestras de amor ante el desastre que mantuvo a oscuras casi una semana a La Habana, ahora alumbrada de nuevo como un sol. No ha faltado el agua en botellas compradas por el pueblo o entregadas por los grupos organizados por la administración pública. Ropa, zapatos, juguetes para los pequeños, sodas, dulces. Todo es bien recibido por quienes nada tienen, aun cuando hay comedores para los damnificados y otros puntos donde pueden adquirir alimentos variados.

Díaz-Canel, un político que habla de tu a tu con quienes lo eligieron como su Presidente, predica con el ejemplo. No hay descanso para él ni su equipo mientras exista una situación que resolver, un abrazo que entregar.

Se organizaron oficinas para que los damnificados se inscriban y reciban los materiales para reparar el daño, con un subsidio estatal de un 50%, y un pago a largo plazo. También trabajan brigadas estatales en la construcción cuando los núcleos familiares están imposibilitados para la construcción.

En este enjambre humano en las barriadas afectadas ya comenzaron a erigirse viviendas, los techos empiezan a tapar las inmundicias. Los voluntarios continúan llegando.

La Habana no olvidará jamás esta noche, tampoco se irán de sus recuerdos los rostros desconocidos de los primeros en llegar a brindar su mano de amor; ni a su Presidente en medio de las ruinas; el abrazo reconfortante, la sonrisa de aliento. Muestras únicas de una resistencia que los cubanos mantienen intacta en sus corazones rebeldes y nobles.

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