La muerte de Agostini

Por CIRO BIANCHI ROSS

Fue un crimen abominable, en plena vía pública y a la vista de todos.

La tranquila manzana enmarcada por las calles 2, 4, 15 y 17, en el Vedado, se vio perturbada aquel atardecer por la presencia de numerosos autos policiales cuyos ocupantes se mantenían a la expectativa. Un hombre vestido con una bata de médico, en cuyo bolsillo superior izquierdo se leía el nombre de Dr. Suárez, descendió de su vehículo, penetró en una casa de la calle 4 y escapó por el fondo para ganar el Hospital Anglo-Americano. Salió a la calle 2 y caminó unos pasos cuando una voz lo detuvo: “Dese preso, comandante Agostini”. “Me acojo a la amnistía”, respondió de inmediato el aludido.

Era una de las figuras más conocidas de la vida pública cubana. Luchó contra la dictadura de Machado y fue compañero de Antonio Guiteras.

Entre 1936 y 1938 peleó en España al lado de la República. El barco que mandaba hundió una embarcación franquista a la altura de Gibraltar. Defendió los colores patrios en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires, en varias competencias de tiro de pistola y esgrima y en las Olimpiadas de Londres, donde compitió en florete y espada. Se le consideraba uno de los mejores tiradores profesionales de la República. Fue jefe del Servicio Secreto del Palacio Presidencial bajo los mandatos de Grau y Prío, y pasó a la oposición tras el golpe de Estado del 10 de marzo.

En 1954 tuvo que buscar asilo en la embajada de México. Se le acusó de participar con miembros de la Marina de Guerra, en una conspiración contra la dictadura batistiana. Lo benefició la amnistía decretada por Batista en 1955,  lo cual lo situaba, al menos en apariencia, en un plano de pacificación política.

Todavía en plena vía pública el capitán Juan Castellanos, del Buró de Investigaciones, que fue el responsable de la detención, entregó al detenido al teniente Julio Laurent, del Servicio de Inteligencia Naval, a cargo de su persecución directa.

¡Agárrenmelo! —ordenó Laurent y dos de sus hombres sujetaron a Agostini. El oficial del Servicio de Inteligencia Naval le pegó entonces en la nuca con la culata de su ametralladora y, Agostini se desplomó, inconsciente. Laurent disparó entonces varias veces. Le dio dos tiros de gracia. Uno le salió por el pómulo izquierdo y el otro le vació el ojo derecho. Conducido en un automóvil a la casa de socorros del Vedado, lo tiraron allí sobre el pavimento y comenzaron a arrastrarlo por las piernas hacia la instalación de salud hasta que la protesta de los vecinos obligó a buscar una camilla. Los médicos constataron un cuadro pavoroso: contando solo los orificios de entrada, el cadáver —cabeza, tórax y abdomen— lucía rociado de plomo.

¿Quedará sin castigo la salvajada?

La FEU, por boca de José Antonio Echeverría, su presidente, denunció al régimen de Batista como responsable directo de tan horrendo crimen y señaló por su nombre a los autores materiales e inmateriales.

Fidel Castro, recién salido de la prisión, arremetió contra el crimen desde las páginas del matutino La Calle. Decía: “¿Quedará sin castigo la salvajada? ¿Tiene acaso un grupo de hombres el derecho de arrancarle la vida a sus semejantes con más impunidad que la que tuvieron nunca los peores gánsteres?” —se preguntaba Fidel—. Y concluía: “Hoy es Jorge Agostini, nuevo mártir en la lucha por la liberación nacional. ¿Quién será el próximo combatiente en caer acribillado?”.

Categoria: