La venganza de Rosalía

Por Orlando Carrió

A Rosalía Abreu Arencibia, nacida en 1862 en la ciudad de Santa Clara, se le asocia con frecuencia con monos vestidos de manera elegante, comiendo con cubiertos de plata, ahogando su sed en copas de bacará y echados sobre colchones de plumas. Y hay mucha razón en ello.

La patricia inaugura en mayo de 1906 en la finca Las Delicias del municipio habanero de Cerro, herencia de su papá don Pedro, un castillo de estilo gótico tardío y, sin consultarlo mucho, se dedica a la que será su gran pasión: el cuidado y educación de los primates. Es una de las damas más admiradas, queridas y respetadas de la época y, a la vez, una de las más criticadas e ironizadas por los periódicos amarillistas.

En la noche de apertura de su suntuosa mansión interrumpió a la Orquesta de la Sociedad de Conciertos y la Banda de Artillería para mostrarles a los concurrentes un macaco adquirido en el sur de Francia y un orangután, procedente de Filadelfia, aunque este es solo un infantil gateo.

Rosalía, dueña ya de un pequeño zoológico, empieza a estudiar con seriedad las costumbres y hábitos alimenticios de estos animales y, a continuación, levanta enormes jaulones de hierro y llena a la llamada Finca de los Monos con unos doscientos ejemplares pertenecientes a cuarenta especies, originarias, sobre todo, de Asia y África.

No mucho tiempo después, Jimmy, su mascota preferida, se enamora de Cucusa, y de dicha unión nace en 1915 Anumá, el primer chimpancé engendrado en cautiverio en el mundo, un hecho que causó asombro en la comunidad científica. Tan es así que en 1924 la Universidad de Yale y el Carnegie Institution de Washington D.C. envían hacia Las Delicias al doctor Robert M. Yerkes con el propósito de estudiar el hábitat creado por Rosalía para sus “inquilinos”. A su regreso, el científico escribe el libro Casi humanos, donde enfatiza que los de la cubana son “los experimentos antropológicos más grandes que jamás se habían realizado”.

Rosalía, quien apoya con dinero a numerosas escuelas, asilos de huérfanos y hospitales, organiza unas tertulias de fines de semana visitadas por lo más distinguido de la sociedad habanera de entonces y por poetas y cantantes famosos. Sin embargo, nada la salva de la comidilla mordaz de los tabloides poco escrupulosos. Cuando patrocina un baile, los caricaturistas la ponen a dirigir a unos primates danzantes, y cuando se convierte en una de las primeras criollas en sobrevolar los cielos de la capital, la muestran en un monoplano pilotado por un salvaje. Los chistes, a la larga, llegan a sus propios salones, donde sus “amigos” lanzan risitas y groseras carcajadas cuando el Diario de la Marina se ocupa de ella empleando un tono burlón y satírico.

Cansada de estos ataques, planea su venganza: el domingo en que su hija Lilita debía presentarse en sociedad, invita a un suntuoso ágape y concierto, y cuando más divertidos están los comensales, deja al descubierto un inmenso mural pintado por Armando Menocal, donde algunos de los presentes, como bufones sin gracia, aparecen bailando alrededor Héctor de Saavedra, literato y periodista, disfrazado ahora de Lucifer, quien poco tiempo atrás había hecho pública una jocosa crónica sobre Rosalía y sus primates. 

El escándalo que provoca el cuadro Mes amis (Mis amigos) es mayúsculo. Rosalía, tildada de loca, recibe amenazas de muerte y no faltan quienes la acusan, en el colmo del surrealismo tropical, de mantener relaciones maritales con un apuesto gorila.

Finalmente, el asunto no pasa de ahí. La dama muere en 1930, a los sesenta y ocho años, tras haber alcanzado una linda vejez con maní y platanitos. Lo perverso del relato es que a sus mascotas nadie las quiere: los hijos no muestran la vocación de la matriarca y el presidente Gerardo Machado trata de hacer un zoológico en Rancho Boyeros que pronto colapsa por falta de financiamiento.

A última hora ningún mortal mueve un dedo en defensa de la mayor colonia de monos cautivos del mundo. Sus miembros son cedidos, en su mayor parte, a instituciones científicas, universidades y a unos pocos circos. Del endiosamiento se pasa al desprecio.

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