Leyendas

Canalla y rumbero, Papá Montero.
Por Ernesto Montero Acuña
Si bien es un personaje muy popular, tanto por el óleo de Mario Carreño Los funerales de Papá Montero, como por la gran trascendencia y difusión de la rumba de Eliseo Grenet y del poema de Nicolás Guillén, la leyenda y la historia se entrelazan en este mítico cubano, muy arraigado en la tradición.
Crítico sobre algún modo de celebrar efemérides patrióticas, Guillén escribió el 21 de mayo de 1924 en su columna Pisto Manchego del periódico El Camagüeyano, en contra de que “se cante con voz carrasposa y entonación problemática, la insulsa rumba de Papá Montero o alguna otra cosa por el estilo”, aunque el calificativo se enmarca en un juicio suyo sobre el contexto político.
Sobre la composición, Manuel Villabella precisa en su prólogo a la edición de Pisto Manchego (tres tomos, editorial Letras Cubanas, 2013) que la obra musical “debió escucharse reiteradamente” en aquel año “en que fue compuesta por Eliseo Grenet, maestro concertador de la compañía de Arquímedes Pous”, para el sainete Pobre Papá Montero.
La leyenda o historia del personaje, estereotipo étnico y reflejo de costumbres festivas nacionales, ha pasado a otras significativas obras artísticas cubanas, amén de formar parte de celebraciones familiares muy diversas, a partir del conocido y popular estribillo: “A llorar a Papa Montero, ¡zumba, canalla rumbero!”
El tema ha sido llevado al cine por los directores Octavio Cortázar en La última rumba de Papá Montero (1992), con el Conjunto Folclórico Nacional; y por Enrique Pineda Barnet en La bella del Alhambra (1989), cinta de gran impacto nacional y multipremiada.
Un destacado representante del teatro bufo, Arquímedes Pous, dramaturgo y actor, centró en el personaje su tetralogía (1923-1934) titulada Pobre Papá Montero, Los funerales de Papá Montero, La resurrección de Papá Montero y El proceso de Papá Montero, en tanto que Antonio María Romeu y María Teresa Vera lo interpretaron en la música.
La citada composición musical de Eliseo Grenet (1893-1950) no se escucha hoy en igual medida que entonces, ante nuevas letras y ritmos, aunque muchas personas, sobre todo las más familiarizadas con las distintas manifestaciones del arte, la recuerdan con nitidez y hasta con nostalgia.
Tal vez por aquello de que Papá Montero fue personaje central en jolgorios de todo tipo, se suele vincular la popularidad y la expansiva ejecución musical a las festividades navideñas y carnavalescas, a parrandas y bodas, a cumpleaños y celebraciones patrióticas y, en fin, a todo tipo de ocasiones para la expansión popular.
Mas, no es solo notoria la obra de Eliseo Grenet, pues al propio Nicolás Guillén (1902-1989) se debe el poema Velorio de Papá Montero, originalmente dado a conocer en Sóngoro cosongo, libro publicado en 1931, el que también contenía su anterior obra Motivos de son (1930).
La primera estrofa clamaba: “Quemaste la madrugada/ con fuego de tu guitarra:/ zumo de caña en la jícara/ de tu carne prieta y viva,/ bajo luna muerta y blanca”.
Acerca del cantado personaje se cuenta que en Isabela y en Sagua la Gande, antigua provincia de Las Villas (hoy Villa Clara), el negro así nombrado se caracterizó a inicios del siglo XX por sus estruendosas festividades, hasta una edad muy avanzada, aunque también muy abruptamente interrumpida.
Se le describe con cabeza blanca como algodón y, espiritualmente, como animado rumbero que se hacía acompañar por muy atractivas mulatas —algo que, al decirlo, puede parecer redundante—, lo que tal vez condujera a que se le asesinara a traición.
No existe duda de que originó numerosas leyendas, aunque no se sepa a ciencia cierta si existió en verdad o es solo el resultado de la imaginería popular, a pesar de que se insiste en que, incluso, vivió en la etapa de Malanga, personaje de quien se afirma que fue su gran rival en el baile.
Se cuenta que sus correrías le ocasionaron numerosos disgustos hogareños con su esposa, pues entre música, tragos y fugaces amoríos transcurría su vida. Por lo que un desafortunado día, en carnaval, una puñalada atravesó su corazón.
Mortalmente herido —según el relato legendario— vio como la vida se le escapaba entre el repique de cajones y tambores. Tal como le ocurrió a Malanga —se dice—, nunca se supo quién fue el culpable, ni por qué lo mataron, aunque esto puede presuponerse.
Así lo refleja Guillén: “Bebedor de trago largo,/ garguero de hoja de lata/ en mar de ron barco suelto,/ jinete de la cumbancha:/ ¿qué vas a hacer con la noche,/ si ya no podrás tomártela,/ ni que vena te dará/ la sangre que te hace falta,/ si se te fue por el caño/ negro de la puñalada?”. Para redondear la composición con el expresivo leitmotiv: “¡Ahora si que te rompieron,/ Papá Montero!”.
Cuentan que el velorio fue un festival de percusión en el cual los tambores, las tumbadoras y las gangarrias de todo Sagua, que a la vez acompañaban a los improvisadores, se unieron para complacer al difunto, quien al parecer así lo había pedido.
Se asegura que entre los concurrentes se encontraba la esposa del difunto, quien, muy callada hasta el final, en el momento de la despedida se acercó al féretro e interpretó el estribillo inmortal: “A velar a Papá Montero, ¡zumba!, canalla rumbero”; e inmediatamente la secundaron a coro los presentes: “A velar a Papá Montero”, una escena muy de sainete.
Tal es, en fin, el estribillo de Eliseo Grenet, quien continúa trascendiendo en la música como Nicolás Guillén en la poesía, en este caso a partir de un estereotipo étnico relacionado con las costumbres festivas, de las cuales proviene y a las que contribuye.
El poeta de firme cubanía que es Guillén realiza en su estampa de poesía y son, que él calificó como elegíaca, una imagen muy recreada del personaje, del ambiente y de un estilo de vida legado a la cultura y a la historia, aunque ya no se refleje tanto como antes musicalmente, si bien existen las mismas festividades.

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