Monumentos

Un ascenso al Cristo de Casablanca
Por Charly Morales Valido
No hay que ser demasiado devoto para regalarse una experiencia mística, espiritual si se quiere. Basta cruzar la bahía habanera hasta el pueblito de Casablanca, y zigzaguear loma arriba hasta los pies – las sandalias más bien - de un imponente Cristo esculpido en mármol de Carrara, que desde sus 20 metros de altura mira con sosiego a San Cristóbal de La Habana.
La subida cansa, pero la meta lo vale. Además, no hay apuro... Déjese elevar por la ventolera marina y olvídese del sol. O vaya al atardecer, a esa estratégica hora en que aún no es de noche, pero ya la ciudad enciende sus luces, y uno puede abandonarse a ese crepuscular espectáculo, o a pensar en sus musarañas. Igual, este Nazaret no bajará de su base a caminar sobre las aguas como cuentan que hizo hace dos milenios.
Aparte de la maravillosa vista, y la magia del ambiente, poco más puede ofrecer este Cristo más terrenal y cercano que sus versiones del Corcovado y la Concordia. Obra de la escultora cubana Jilma Madera, la estatua pesa unas 320 toneladas y está compuesta por 67 piezas traídas desde Roma, donde las bendijo el mismísimo Papa Pío XII.
La imagen fue emplazada en la loma de La Cabaña la Nochebuena de 1958, apenas una semana antes de la huida de Fulgencio Batista, toda una ironía teniendo en cuenta que el dictador aspiraba a ganar popularidad con aquel evento. Tampoco navegó con mucha suerte la estatua misma, alcanzada por sendos rayos en 1961, 1962 y 1986, hasta que alguien comprendiera la necesidad de instalarle un pararrayos.
Además, el Cristo de La Habana pasó mucho tiempo en el anonimato después de 1959. Estar enclavado en una zona militar no le ayudaba mucho. Pero hace un par de décadas su fortuna cambió con el auge del turismo. Casi invisible durante muchos años, la serena escultura de Jesús con una mano bendiciendo en alto y la otra en el pecho, puede ser vista ahora desde múltiples rincones de la capital cubana.
Por su significación, rescatarlo y preservarlo era una prioridad para las autoridades habaneras. Y lo hicieron con tanto rigor, que el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural de Cuba le entregó el Premio Nacional de Restauración a la obra, por el resultado de una labor que devolvió a La Habana un icono de su fisonomía arquitectónica, según palabras del jurado.  
En enero pasado fue reabierto al público, que reemprendió con gusto este ascenso no al Gólgota, sino a la colina de medio centenar de metros sobre el nivel del mar, desde donde un Cristo hecho en Italia, pero de facciones mestizas que revelan su irremediable cubanía, vela por la gran casa sincrética de los habaneros, como mismo un descolorido Sagrado Corazón presidía las salas de las viejas casonas de beatas y santurrones.
 

Categoria: