Nuestra primera aviadora.

Por Orlando Carrió

A veces, las puñaladas aparecen cuando menos las esperamos. Berta Moraleda está muy bien instalada como telefonista de la Pan American Airways en La Habana de los inicios del siglo XX hasta que ocurre una catástrofe. Esta empresa intenta obtener el control del correo por vía aérea y no tiene más remedio que ceder ante el chantaje del régimen de Gerardo Machado, quien a cambio del polémico contrato, exige el despido de la criolla para favorecer a una gringa, zurda en las labores de oficina, que solo chapurrea un poco el español.

 Ante este atropello, la exempleada de apenas dieciocho años decide intentar lo imposible: en 1930, inspirada en la francesa Madeleine Herveux —protagonista de varios vuelos en el Campamento Militar de Columbia en febrero de 1921—, decide convertirse en la primera aviadora cubana. Alcides Iznaga, de Bohemia, le ofrece una entrevista en enero de 1975.

“Yo era el sostén de la casa. Mi padre, Guillermo Moraleda, era tipógrafo, de ideología marxista, y amigo de Alfredo López, con el que estuvo preso e incomunicado (…). Mi cesantía fue un golpe rudo para mí (…).Y pensé en volar. En esa época la Compañía de Aviación Curtiss estableció una escuela en el aeropuerto de Rancho Boyeros y decidí matricularme en su primer curso. Me enfrenté con dos obstáculos: la negativa de mi padre y el problema financiero —no tenía un centavo—; el curso costaba ¡dos mil quinientos pesos!

“Por fin mi padre accedió (…). Luego logré un despacho con Alfredo Hornedo, propietario del Excelsior-El País.Le propuse que solventara mi paso por la Curtiss. A cambio, yo debía pilotear una aeronave para llevar las matrices a Santa Clara, donde se haría la impresión de los ejemplares que harían el enlace con el tren vespertino, llegando su periódico a Camagüey y Oriente antes que el Heraldo de Cuba, su máximo rival. Hornedo encontró interesante el negocio y financió mi curso”.

Ya en la escuela, esta jovencita sencilla, casi invisible al principio y sin grandes ambiciones, se gana el reconocimiento de todos por su instinto y olfato para enfrentar los desafíos. Su instructor de vuelo, M. Faulkner, citado por Navia García Fabeiro en una crónica dada a conocer en la revista Amor y Vida, comenta: “En el aire es valiente. Y cuando ejecuta el salto de la muerte y otras piruetas, a pesar de que apenas llega a las diez horas de vuelo, ya ella toma los controles y por iniciativa propia levanta el biplano Fledgling, hace virajes sobre el aeródromo y aterriza como un piloto experto”.

El 31 de marzo de 1930, cuando todavía es una estudiante, Berta acompaña como copiloto a miss Frances Harrell, una de las pocas damas que posee licencia de aviación en el mundo, quien ese día se luce con varias volatinas para enseñar a la cubana. Después la Moraleda la sigue en su propio aparato para realizar junto a ella un arriesgado looping the lopp (giro a la vuelta). Unos días más tarde, la criolla hace una demostración de diez minutos en un programa de acrobacias aéreas que convoca a miles de personas. ¡Su éxito es irreversible!

Berta completa cincuenta horas de vuelo y se gradúa en mayo de forma meritoria, a pesar de que la escuela Curtiss no resulta fácil —tres alumnos mueren al caer sus ligeros aparatos—.

Al  final, no puede alcanzar el puesto en el Excelsior-El País, pues Machado prohíbe los vuelos sobre la capital para tratar de evitar los ataques contra su gobierno. Sin embargo, sí logra un permiso no oficial a fin de seguir realizando maniobras de entrenamiento a bordo de un Fledgling y otros aeroplanos de medio pelo.

Al cabo de cierto tiempo, Berta, de nuevo sin trabajo, abandona, en parte, sus lances aéreos y se convierte en la secretaria del presidente de la W. M. Anderson Trading Co. A la vez, se  casa con el doctor Eduardo Sabas Alomá, profesor de Fisiología, con quien tiene dos hijos.

 “Viví una vez un conato de aterrizaje forzoso —le confiesa a Alcides Iznaga—.Al sentir un ruido extraño del motor, empecé a volar sobre un campo de caña; entonces, cuando ya iba a terminar el vuelo de forma peligrosa, recordé que mi instructor recomendó que evitáramos en lo posible los descensos de emergencia y, rauda, puse en marcha nuevamente el avión. ¡Con un gran esfuerzo pude tomar pista!”.

Junto a Berta Moraleda hay que mencionar a otra precursora: la capitana Teresina del Rey, la primera mujer aviadora de las fuerzas armadas cubanas, la cual egresa de la Escuela Militar de Aviación de Cuba tras desarrollar una brillante carrera como periodista especializada en temas aeronáuticos. Pero esta es ya una historia que compartiremos en otro número.

La Moraleda en su etapa de estudiante.La primera aviadora cubana en su mejor época.

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