A ojo de buen cubero.

Por Orlando Carrió

Creo que nadie puede negar que durante los años cuarenta y cincuenta hubo tres frases que marcaron época en el anecdotario popular y hoy nos ponen alegres y evocadores: “ñámpiti gorrión”, “hay moros en la costa” y “a ojo de buen cubero”. Estas se parecen, un poco, a las ancianas postalitas intercambiadas con nuestros amiguitos y que, al menos para nosotros, eran verdaderos aguinaldos.

“Ñámpiti gorrión”tiene su origen en un sujeto entrado en años residente en La Habana de los años treinta que jamás se perdía un velorio, aunque en la mayoría de los casos no conocía el difunto. El asunto llegó a tales extremos que nadie se imaginaba una buena funeraria sin él. Llegaba temprano, vestido rigurosamente con saco y sombrero negro, saludaba a los dolientes y les daba el pésame. Luego, y esto es lo paradójico, se acercaba a la caja y se paraba delante de ella para despedirse del muerto de turno con gestos de dolor y cara de gente amargada. Después, y siempre rayando las diez de la noche, se alejaba de todos y se iba.

Poco a poco, los chistosos lo vincularon de manera inexorable con la “pelona”y los recintos fúnebres por lo que empezaban a llamarlo “ñámpiti gorrión”. La voz “ñámpiti”, derivada del verbo “ñampiar”, es de origen africano, y tiene el significado de matar. Se usa bastante en los barrios marginales de nuestro país, pero no necesariamente es vulgar ni refleja una actitud antisocial. La palabra gorrión, por su parte, parece asociarse con la soledad y la tristeza arrabalera: “Socio, qué clase de gorrión tengo hoy”.

Cuentan que nadie fue al enterramiento del también agorero anciano; no obstante, su nombre de guerra se convirtió con los años en un llamado al cementerio capaz de ponerle la carne de lechuza al más pinto: “A ese hay que darle ñámpiti gorrión…”. O sea: hay que mandarlo para el otro mundo o quitarlo del medio de alguna forma.

El enunciado “hay moros en la costa”, que nos advierte sobre la necesidad de hablar bajito o callarnos la boca, pues no conviene murmurar ciertas cosas en presencia de alguien cercano, se remonta a la fecha de 1492, año en que Isabel I de CastillaFernando II de Aragón, los Reyes Católicos, terminan la Reconquista española tras ocupar el reinode Granada, el último reducto de los musulmanes en la península. 

A partir de la rendición de Boabdil en el sur de España, los árabes, o moros, como se les decía entonces, comienzan a saquear los pueblos situados en la costa mediterránea de Valencia y Murcia, donde tomaban prisioneros para esclavizarlos o pedir rescates por ellos. Ante estos hechos, los caballeros castellanos levantaron torres defensivas o atalayas que les sirvieron a los guardianes para divisar a los barcos de los malhechores y gritar presurosos: “¡Moros en la costa!… ¡Moros en la costa!…”. Además, hacían sonar unas campanas o encendían grandes hogueras que alertaban al gentío sobre el peligro inminente.

Es bueno apuntar que estas incursiones de los moros en España están ligadas a un sinnúmero de leyendas sobre tesoros escondidos, los cuales siempre estaban bajo el resguardo de un mágico hechizo o un talismán y custodiados por monstruos extraños, fieros dragones o gigantes que aparecían inmóviles como estatuas, montando una insomne guardia durante siglos.

Otra expresión heredada de los españoles con la etiqueta de una exacta unidad de medida es “a ojo de buen cubero”, la cual se pronuncia cuando alguien hace algo sin tener en cuenta medidas, pesos u otras consideraciones esquemáticas o doctorales. Tiene igualmente un origen feudal y surge dentro del gremio de los cuberos, fabricantes de las cubas o barriles, donde se envasaba el vino y la buena cerveza de manera rústica y artesanal.

Como en esos calendarios no existían reglamentos que indicaran el peso que debían tener las cubas, los artesanos vertían los líquidos “a buen ojo”, una locución extendida más tarde a otras actividades productivas del hombre para subrayar cierta improvisación no ajena de una sorprendente precisión innata del operario.

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