Palacio de Carneado.

Por Orlando Carrió

En la actualidad, cuando el calor veraniego extremo convierte a los cuerpos en hierro fundido, nos empapa de sudor y hasta nos provoca ciertas picazones, nadie en La Habana duda en poner rumbo hacia las vecinas playas de Bacuranao, Santa María del Mar y Guanabo en busca del chapuzón salvador de nuestras sufridas anatomías. Y que conste, en el afán de cumplir esta meta nos reímos de los obstáculos.

Sin embargo, los habaneros de principios del siglo anterior no tienen tal vocación gitana y jamás se atreven a visitar la costa este por carecer de eficientes medios de transporte y por el temor a perecer en esas aguas “misteriosas”. En consecuencia, no tienen más remedio que empezar a frecuentar los baños públicos existentes en el tramo de mar colindante con la calzada de San Lázaro.

Federic Villoch cuenta en una de sus Viejas postales descoloridas, publicadas durante años en el periódico Información, que entre estos centros de placer sobresalen los de San Lázaro o los de Romaguera, según la gente los más vivaces, alegres y masivos, y Los Campos Elíseos, los cuales disponen de una pista de baile amplia y cómoda, maldecida por sus competidores.

Durante las dos primeros decenios del siglo XX el Malecón continúa su despampanante crecimiento: primero llega a la calle Belascoaín, luego al torreón de San Lázaro y en 1921 ya había rebasado la hoy calle 23. Ello provoca el cierre de los balnearios precursores y obliga a los amantes del dios Neptuno a refugiarse en los paraísos náuticos de El Vedado, entre los que figuran El Progreso, de la calle E y Malecón, de grata recordación por sus matinés bailables, y Las Playas de Juan Corujo, el lugar preferido de los ricachones más majaderos, que lucen en su sede de la calle D sus autos de última moda, joyas y vestuarios extravagantes.

Las personas más humildes con ansias de yodo y salitre no tienen otro remedio que acercarse a Paseo para visitar el democrático y pomposo Palacio de Carneado, propiedad de un español sanguíneo, obeso, simpático y amante de Cuba.

Este lugar de recreo no paga orquestas típicas ni charangas francesas para el obligado meneo tras la zambullida, aunque, a cambio, ofrece unos abonos a precios muy atractivos durante toda la temporada. En las pocetas privadas o familiares treinta baños cuestan seis pesos y en las públicas, la mitad. 

Por cierto, el tal don José Carneado, quien además es dueño de la peletería El Escándalo, en el interior de la Manzana de Gómez, es un mago en el arte de inventar ofertas descabelladas que le dan vida a un lema que se hace épico: “Más barato, ni Carneado”. Es, en propiedad, un excéntrico que presume de tres cosas: su riqueza, fortaleza física y varonía.

Aun así hay que tener valor para meterse en las pocetas angostas del Palacio de Carneado, construidas a golpe de piqueta y mandarria en el diente de perro de la costa, sin arena, llenas de erizos y con sus pisos irregulares y resbaladizos.

Los bañistas se cambian de ropa en unos cuarticos sombríos que exhiben unos percheros metálicos comidos por el salitre, largos bancos con sus patas lisiadas y unos espejos de pared tan faltos de azogue que muy a duras penas pueden reflejar la imagen de los mancebos y las doncellas. Al fondo de las pocetas el público en general y las familias bajan por una escalera de piedra húmeda y leprosa que las conduce, según ellos, al Edén.

Estas agrestes piscinas, de diferentes dimensiones y, en algunos casos con techos para evitar el dañino sol, renuevan el agua mediante dos agujeros nada simétricos abiertos en la piedra dura y hostil, y aunque nunca tienen más de seis pies de profundidad, con aguas semiestancadas, los propietarios, en el colmo del ridículo y la exageración, suelen colgar gruesas sogas en los travesaños de madera del tinglado a fin de evitar que alguien se ahogue.

Sobre estos baños, rodeados de toldos y sombrillas de colores chillones, Mario Díaz Aguirre, comenta en un artículo de la revista Carteles del 24 de octubre de 1954:   

“Al ir a los baños de El Vedado, entre los que sobresalía el Palacio de Carneado, las mujeres solían llevar unas cestas de tapas que parecían no tener fondo. Allí iban acomodando la toalla, el par de alpargatas, con gruesos tejidos de cáñamo para evitar los erizos… y el camisón con el que se metían en el agua al principio de los  novecientos. No olvidaban nunca tampoco la botella de café con leche, el pan con guayaba, el trozo de carne, el pote de mantequilla, la lata de cacao y el reverbero de alcohol. Parece que los bañistas siempre tienen hambre”.

Para bien o mal, el Malecón llega en los años treinta hasta la Avenida de los Presidentes, impulsado por los ingenieros de Gerardo Machado, y luego, durante el segundo mandato de Fulgencio Batista, en la década de los 50, alcanza, primero, la calle Paseo, y más tarde la desembocadura del río Almendares. Por esta razón, el Palacio de Carneado, y los otros antiguos baños de El Vedado, van rodando como barajas, víctimas, además, de varias líneas de ómnibus que desde finales de los años cuarenta organizan viajes hacia la playa de Guanabo.

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