Pillo Chocolate.

Roberto González Cobo con sus primeras mascotas.

Por Orlando Carrió

Durante un largo peregrinaje que hice por La Habana Vieja en 2007 conocí, en la angosta calle Obispo, dos perros salchichas o salchichones (de la raza teckel) que “chocan las cinco”, dan la hora, usan el teléfono, entienden varios idiomas, cantan La Guantanamera, rechazan los dólares norteamericanos y hasta gruñen rabiosos cuando escuchan el nombre del entonces presidente norteamericano, George W. Bush, a quien intentan “dispararle” con un arma de mentirita…

Roberto González Cobo, el dueño de estas pintorescas mascotas, es un electricista de mantenimiento, ya cuarentón, antiguo delegado del Poder Popular, que ha hecho de la perseverancia un modelo de vida. Él quiere, en su niñez y juventud, tener un perro, pero su sueño se posterga por vivir en espacios muy estrechos. Más tarde, se casa y, junto a su hija pequeña, recibe como regalo a Pillo Chocolate, que enseguida demuestra dones de galán y a la larga termina engendrando 244 hijos con 37 “esposas”, los cuales son recibidos en adopción por familiares, compadres, amigos y vecinos de la cuadra.

En la casa, junto al feliz progenitor, solo permanece uno de sus cachorros: Pillín Vainilla (al principio es muy feo y nadie lo quiere), junto a otro can con el nombre al revés, Llopi, muy casero y enemigo de los malabarismos. Lo interesante del asunto es que, de manera inusitada, Pillo y después Pillín empiezan a protagonizar actos muy curiosos; hasta cierto punto teatrales e impensables para los incrédulos. Cuando logro entrevistarlo, tras varios reclamos, Roberto González Cobo me comenta:

“Hace un tiempo saludé a un guía en el Capitolio y le mostré las travesuras que hacía Pillo… ¡Esa fue una tremenda bendición!A todo el mundo le gustó aquello. A continuación, monté un show protagonizado por Pillo, al cual se agregó Pillín,cuando creció y se puso bonito. El proceso para amaestrarlos ha sido largo; yo me meto en el perro. Él me mira cuando no desea hacer algo, y entonces, invento. La famosa bicicleta donde los encaramo sigue siendo la misma.

“Me siento muy feliz ganando la calle. Hago reír y doy felicidad, sobre todo, a los niños. Tengo la ética del historiador de la ciudad, Eusebio Leal: ‘Al personaje costumbrista lo siguen; él no sigue a nadie’. Yo estoy solo tres horas diarias en las plazas por la salud de los animales. Además, asisto a cumpleaños, actividades en iglesias… No cobro; acepto lo que me quieran dar…”.

Pillo exhibe en sus presentaciones una camisetica, muy a la moda, una corbatica, unos espejuelos naturales, una gorra para protegerse del sol, un reloj de permanente puntualidad y, a ratos, un par de audífonos. Pillín, por su parte, se viste igual que su padrazo y, nervioso como el que más, usa igualmente una cadenita alrededor del cuello y una infantil tetera. Ambos derrochan profesionalidad en La Habana Vieja, y su amo, bautizado también como Pillo Chocolate, les garantiza una atención veterinaria permanente y una comida diaria capaz de provocar envidia en algunos humanos.

Durante decenios sus olfateadores han sido los talismanes del equipo de los Industriales. No obstante, en los últimos lustros se ha impuesto el relevo generacional. Tras dieciséis años de dar lata, muere Pillo Chocolate y lo sustituye Pillo Chocolate junior, uno de sus hijos, un can enfermizo que pierde la visión. Pillín Vainilla, por su lado, con trece años, le cede su lugar a Pillito, su vástago que nace en un mal parto y cojea.

Por fortuna, Roberto González Cobo encuentra pronto el sustituto ideal para Pillo Chocolate junior, fallecido a los diez años: Pillo Chocolate New, lindo, de buena estatura, ojos verdes, inteligente, lleno de vida y de energía. Su rol dentro del espectáculo perruno sufre igualmente algunos cambios. De simple conductor, se convierte en una suerte de figura alternativa que interactúa con los animales y el público a la manera de un avispado y simpático actor que no descarta el uso de pelucas y máscaras. 

En la actualidad, los salchichas recrean la opereta política a sus anchas: cuando se les menciona a Trump se ponen rabiosos… y para luchar contra el terrorismo uno de ellos le pone una patica arriba y lograaccionar una pistolita contra un peligroso enemigo. Mientras que el otro, con aire de detective, registra a los sonrientes forasteros buscando armas de fuego.

“Pasan personas y me dicen cosas indebidas, feas. No soy un maltratador; yo adoro a mis perros y soy muy respetuoso con ellos —me confiesa cuando volví a verlo en el 2018, no lejos de la Lonja del Comercio—. Detesto la forma en que ciertas personas están usando a las mascotas en La Habana Vieja. No tienen ética. El trabajo artístico es nulo. Mi premisa fundamental es estar siempre al tanto de lo que ocurre hoy en lo cultural, social y político… ¡No puedo aburrir!”.

En plena acción en el Casco Histórico.

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