Por las rutas del café

Por Lucía Arboláez

   Cuba, la mayor de las Antillas, tiene en su territorio un considerable número de ruinas de haciendas cafetaleras de gran valor arqueológico, pero también las hay bien conservadas y enclavadas, todas en zonas declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad el 29 de noviembre del año 2000.
Sólo en el área de la comunidad de Las Terrazas, en el occidente del país, existen más de 60 de ellas, las cuales muestran el poder económico que alcanzaron sus dueños con la explotación del café durante el primer tercio del siglo XIX.
 Las ruinas más representativas que aún se conservan son:
—Buena Vista y La Unión en las Terrazas
—La Isabelica, en La Sierra Maestra
—La hacienda de Don José Gelabert, en el Wajay.
El gobierno cubano, con el objetivo de atesorar esos lugares ha llevado a cabo en todo el país  una amplia labor de conservación y restauración. En la región oriental de Cuba, por ejemplo, se restaura la hacienda La Fraternidad y otros cuatro cafetales: Santa Paulina, San Felipe, San Luis de Jacas y San Juan de Escocia, creados por los colonos franceses que emigraron a esa región después de la revolución haitiana.
Con ello, además de preservar el patrimonio, existe la posibilidad de fomentar el desarrollo económico de esa zona e integrar al mismo las poblaciones cercanas, —más de 6.000 habitantes de la zona oriental— beneficiados con una nueva carretera, denominada “la Ruta del Café", que se iniciará en la antigua hacienda La Fraternidad.
Cada uno de los circuitos de esta ruta especial abarca también otros cinco cafetales, entre los que se encuentra La Isabelica, La Siberia, Las Mercedes y Gran Sofía. Las Mercedes en el primer caso y Fraternidad, Santa Paulina, San Felipe, San Luis de Jaca y San Juan de Escocia en el segundo, están considerados de alta categoría mundial.        Iniciado hace dos años, se espera que este ambicioso proyecto quede concluido entre los años 2016 -2017.
Dichas plantaciones forman parte del cinturón cafetalero de la región suroriental de Cuba y constituyen un elemento clave en la historia y cultura de la Isla, ya que son un testimonio del desarrollo de ese cultivo en épocas pasadas.
Asimismo, existen en esos sitios pruebas de las técnicas agroindustriales utilizadas por los emigrantes franceses, así como otras costumbres, además de una arquitectura similar a la que ellos poseían en sus haciendas en Haití. Es por ello que entre los objetivos de la iniciativa está además  enlazar por senderos transitables a 170 de los más de 250 cafetales con que cuenta el país.
Creados entre finales del siglo XVIII y principios del XIX por los hacendados franceses refugiados en esta región tras la revolución haitiana de 1971, dejaron para las posteriores generaciones muestras de las construcciones de sus viviendas, enormes casas de piedra y el estilo al que estaban acostumbrados. La unidad típica cafetalera la formaba la vivienda doméstica, que incluía también el almacén, los caminos y las áreas agrícola e industrial.
En esos cafetales se realizaba el proceso completo del beneficio del grano: el secado, descascarado, trilla y pulida en el moulin o tahona, los secaderos, el horno de cal y el acueducto pluvial o fluvial. El agua represada se distribuía por canales, salvándose los desniveles de las montañas con viaductos y arcadas para el proceso del beneficio del grano y también para las viviendas rodeadas de jardines.

Las grandes haciendas se convirtieron en poderosos centros productores de café, lo que convirtió a la mayor de las Antillas no sólo en el primer exportador mundial a inicios del siglo XIX, sino también en un monumento a la ingeniería hidráulica, vial, doméstica e incluso funeraria.
Actualmente, todavía se conservan algunas vías abiertas por colonos y negros esclavos de la época para transportar las producciones en medio de la escabrosa topografía montañosa del país.
Al igual que los proyectos de La Ruta del Esclavo y del Azúcar, el relacionado con el café tiene repercusión cultural pues ahonda en factores étnicos, económicos y sociales ligados a ese proceso migratorio y a las formas y medios que perpetuaron la esclavitud en América, aseguró una miembro de la Oficina del Conservador de la ciudad de Santiago de Cuba, precisando que entre las cuatro rutas que se exploran está la de El Caney, no estudiada anteriormente y donde se encuentran los cafetales más antiguos de la región.
De igual modo en La Isabelica convergen los elementos más típicos de las edificaciones de la época formadas por casas señoriales, caminos, molinos, secaderos y establos muy cerca de las primitivas plantaciones de café que extendieron el cultivo en Cuba. Las estancias de la casa fueron acondicionadas y convertidas en salas de exposiciones para acoger diversos instrumentos de trabajo utilizados siglos atrás por los esclavos, así como un reloj de sol, un piano, muebles y otros objetos relacionados con el cultivo del café.
La Isabelica se incluye en el sitio cultural Paisaje arqueológico de las primeras plantaciones cafetaleras en el oriente cubano.
La presencia en Cuba del cafeto se debe a Antonio Gelabert, español que fundó en el Wajay, en las afueras de La Habana, el primer cafetal de la Isla hacia 1748, con semillas provenientes de la actual República Dominicana. Limitada en sus inicios, la producción del español se circunscribía al uso del producto como materia prima para licores y medicamentos.

 

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