Puentes de amor sobre ruedas.

Por Norlan Rosendo

En Seattle, estado de Washington, nace una de las rutas de cicloturismo más famosas del mundo. El corredor de 1 577 kilómetros bordea la costa del Pacífico hasta San Francisco y obliga a los ciclistas a superar grandes desniveles en el terreno a cambio de paradisíacas vistas.

Desde el pasado 12 de julio, una nueva ruta se inauguró en el mismo punto de origen, con otro rumbo y propósito, que pretende atravesar Estados Unidos hasta llegar físicamente a Washington D.C. e imaginariamente a La Habana.

El profesor cubanoamericano Carlos Lazo, acompañado por dos hijos y dos sobrinos pretenden recorrer en poco más de un mes 5 000 kilómetros en bicicleta, tendiendo, de pueblo en pueblo, puentes de amor con Cuba, a favor del fin de la política de odio que sufren las buenas personas de un lado y otro del Estrecho de la Florida. Porque los puentes son hijos del amor y los muros nacen del odio.

El trayecto incluye los estados de Montana, Minneapolis, Dakota del Norte, Minnesota, Wisconsin, Illinois, Indiana, Ohio, Pennsylvania, Maryland y Washington D.C. A su favor, además del viento, que por esta época sopla de oeste a este, están los cientos de mensajes de aliento que cuelgan en sus redes sociales, especialmente en el perfil de Facebook de Lazo, donde van contando aventuras, suben videos y comentan los éxitos de cada jornada.

Aprovechan las paradas para dialogar con la prensa y personas comunes; exponen sus ideas en iglesias y asociaciones. Ningún auditorio le es ajeno al maestro Carlos y sus muchachos. Ellos solo entienden de entendimiento y amor, y ponen, por encima de las diferencias políticas, el humanismo y los sentimientos puros.

Desde Miami, incluso, son más quienes ruedan virtualmente con ellos, que los que tratan de poncharles el rumbo con ofensas y amenazas. Reciben muestras de solidaridad de medio mundo. O mundo y medio, porque su historia vuela en las redes y cada día más personas, desde los lugares donde viven, se suman a la invitación de dar vueltas en bicicleta con algún mensaje a favor de mejores relaciones entre ambos países.

«Queremos que se levanten las sanciones económicas que afectan al pueblo de la Isla y que últimamente se han agudizado más», comentó Carlos a Radio Rebelde.

Cuando comenzó la crisis por la COVID-19, él envió una carta a Trump pidiéndole que flexibilizara las medidas restrictivas contra Cuba. El combustible que tratan de que no llegue al país es el mismo que ilumina hogares y hospitales, el mismo que mueve las ambulancias, ha dicho el maestro sin que el destinatario respondiera.

Y ese mismo mensaje es el que predica ahora en el largo trayecto que lo llevará hasta la Casa Blanca, anunciándole a quienes se topa en el camino que al sur de la Florida hay una Isla donde viven hermanos y no enemigos.

Los puentes de amor unen pueblos y voluntades. La idea es, como colgó Carlos en su perfil de Facebook, sumar «hombres y mujeres de Estados Unidos, que es también nuestra nación; rubios, negros, mestizos, republicanos, demócratas; sin distinción de raza, credo o ideología.

«Sesenta años de discordia entre Cuba y Estados Unidos solo han traído miseria, dolor y resentimientos. Y los cubanos de a pie, sin distinción de ideologías, han sido los más perjudicados. Las sanciones económicas a la Isla, son una soga que asfixia a nuestra gente. En los últimos tiempos el nudo se aprieta cada vez más. Y todo este recrudecimiento del embargo ocurre en medio de una pandemia. ¡Cómo si la plaga del coronavirus no trajera ya su propio sufrimiento! ¿Cómo apoyar semejante crueldad?».

Desde mayo la familia estuvo organizando logísticamente esta expedición de amor sobre ruedas, a cuyo éxito se suman todos los días personas que, como ellos, hablan el lenguaje del entendimiento y el abrazo.

Cada uno de los cinco pedalea, aproximadamente, 30 millas diarias, mientras los demás van en un camión que les sirve de casa móvil. Llevan banderas de ambos países y una Virgen de la Caridad del Cobre. Dentro del vehículo casi siempre suena música cubana, grabada o cantada por ellos mismos.

Cada mañana, antes de partir, leen y comparten mensajes recibidos. Saben que no están solos, y cuando los días pasen y el agotamiento sea mayor, miles de amigos estarán, como el viento, empujándolos. Porque una causa tan noble no muere nunca; ni el probable riesgo de encontrar en la meta final oídos sordos, la mata.

Van dejando atrás kilómetros y ganando adeptos: con todos y por la buena vecindad, es tiempo de que terminen las sanciones injustas. Y se regocijan de unir, a rueda, su país de origen con su país adoptivo, como ellos mismos dicen.

Con esas buenas vibras le nació una nueva ruta ciclística a Seattle. Que deja a un lado los bellos paisajes costeros y las comodidades de un circuito turístico, para ir, de pueblo en pueblo, de corazón en corazón, hasta la mismísima Casa Blanca, donde se empecinan en levantar muros de odio, tejiendo puentes de amor por Cuba.

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