Por Orlando Carrió
Los madrugonazos en las terminales de ómnibus suelen ser patéticos, con tendencia al monólogo: el borracho llora sus penas; los “sin casa” se acurrucan en el caliente rincón; los maridos y amantes embaucadores maldicen el tirón de puerta de la dama ofendida, y los pasajeros varados por la inactividad vial esperan ansiosos el arribo del amanecer.
Solo Arturo Regueiro, conductor e inspector de guaguas de Pinar del Río, creía, y con razón, en la posibilidad de un alumbrón. En 1978, ya barbiblanco, pidió unos lápices de colores al hijo de un compañero del turno y, entre bostezos, chistes, chismes, bocinazos extemporáneos y café hirviente, entregó el perfil de una muchacha: su primera pintura. Vladia Rubio publicó en 1989 en el Guerrillero una entrevista titulada Un pintor de 11 años con canas en la barba, la cual ahondó en el atrevimiento autodidacta de Regueiro:
“Yo no estaba dispuesto a sentarme en el portal y esperar, que es lo que hacen los ancianos, mirar pasar; por eso le agradezco a la vida el empezar a pintar con más de cincuenta años. Aquello fue un grandísimo cambio, me transformaba en un recién nacido, con cimas a conquistar. Tengo once como pintor y estoy situado en una zona de la infancia, como el crío que se enfrenta a un problema. A la vez, incorporo los elementos que razono como adulto. La Casa de la Cultura de Pinar ha sido como mi hogar”, recordaba.
Nacido en Jatibonico, en la actual provincia de Sancti Spíritus, en febrero de 1925, e hijo de Vueltabajo desde los años treinta del siglo pasado, Regueiro —con unos 40 o 50 cuadros que han ido a parar, en algunos casos, a manos de coleccionistas o a países como Finlandia y la antigua Unión Soviética—, contaba con varias exposiciones personales y colectivas y numerosos galardones en galerías y ferias de arte popular.
No entendía de tendencias o corrientes estéticas; simplemente emborronaba lienzos con pinceles o espátulas, desorientado, valiente en la duda. Unas veces mostraba soluciones ingenuas, distantes del caballete de la academia; otras, plasmaba una base conceptual muy sólida, la cual sobrepasaba el mero recreo lúdico primitivista o ingenuo, como algunos lo llaman.
Su mayor obsesión eran las cábalas del folclore africano, el zodiaco y los textos inmortales.
“Un ser humano es la suma de miles de iguales, y en su memoria genética está acumulado ese bagaje que trato de despertar cuando lo enfrento a los símbolos (…). Siempre he dicho que hay que escribir un ensayo con siete mil millones de códigos, uno para cada habitante del planeta, porque la reacción del espectador es siempre individual e irrepetible (…). Mi propósito es elevar el nivel cultural de los demás. Si desaparecieran todos y me quedo yo solo en la Tierra, no pinto; quizás me acueste bocarriba a esperar a que llegue el final”, sostenía.
A Regueiro no le importaba su fama de nebuloso, alejado de la realidad, indigesto a ratos, como sucede en Camagüey con Isabel de las Mercedes —la anciana de la tinta china y el “centropén”—. Seguía los modelos de Chagall, Modigliani, Pedro Pablo Oliva y “del que rayó la primera cueva primitiva”. Valoraba mucho a los jóvenes y la guagua le corría por la sangre. De ahí que fuera habitual en su obra este pintoresco medio de transporte público, sin ocultar ninguna de sus seducciones: el empujón, el grito, la palabrota, el sudor, el grajo...
Fallecido en junio de 1999, Arturo Regueiro le dio nombre a la remozada Galería de Arte Municipal de Pinar del Río a partir de 2001 y nunca dejó de satirizar a los escépticos y abúlicos, incapaces de entender la atemporalidad de una riqueza espiritual, presente, a veces, donde no la esperamos… ¡Ojalá su ejemplo les tienda la mano a muchos abuelos!
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