Por Mayra Pardillo Gómez
Las calles espirituanas tienen nombres de mujer, de mártires y de personalidades de la historia o de la literatura e incluyen aquellas denominaciones relacionadas con hechos o labores que se realizaban en ellas, pero, en su mayoría, resalta el santoral católico.
Uno de esos ejemplos es el Callejón de la Longaniza, pues había en la esquina una tienda que vendía ese tipo de embutido o salchichón, mientras que más adelante surgió allí un establecimiento que recibió el nombre de Popular.
Fue ese un punto de partida para designar a otros callejones, y así Gasómetro responde a que en el lugar existía una fábrica de gas, aunque hay otros como el Boquete del Coco, de larga tradición popular.
Textos consultados destacan que el Boquete del Coco hace alusión a que en la calle Independencia, por ser un punto más alto, penetraba el agua y esta corría por la del Coco hasta la cañada del Mataburro.
En el siglo XVII las principales vías eran Calle Real (Independencia), San Francisco (Máximo Gómez), Ángel (Honorato), Amargura (Pancho Jiménez), San Rafael (Céspedes) y Llano (Antonio Rodríguez).
Para los más viejos y entendidos en estos asuntos, Llano “nunca le hizo gala a su nombre”, ya que era y es una calle estrecha, empedrada y pendiente.
Quizás su calificativo tenga relación con alguna persona de ese apellido o por ser la vía más rápida y llana para ir en épocas pasadas a buscar agua al río Yayabo, que convirtió a esta villa en la Ciudad del Yayabo. Tal vez se deba al apellido del gobernador Nicolás del Llano.
Del santoral perduran además San Vidal (actual Juan Gualberto Gómez) y San Antonio (Tirso Marín).
También Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés) rememora al poeta cubano, así como Martí ‒a secas, sin el José‒ al Héroe Nacional (1853-1895), Maceo (Antonio) al patriota conocido como el Titán de Bronce y Adolfo del Castillo al espirituano independentista.
Nombres antiguos como Santa Cecilia y Cadenas perduran en la memoria de varias generaciones de espirituanos.
PLAZAS DE AYER Y DE HOY
En los primeros tres siglos después de fundada la ciudad de Sancti Spíritus ‒situada al centro de la Isla, a unos 350 kilómetros al este de la capital del país‒, las ermitas, los caminos reales y plazoletas se transformaron en el derrotero del crecimiento poblacional.
Con ello surgen en 1700 las primeras plazas espirituanas, que darían un toque y belleza particular al conjunto arquitectónico.
La antigua Plaza de San Francisco es hoy el céntrico parque Serafín Sánchez Valdivia, pues a finales del siglo XVII fue erigida en ese sitio la ermita de la Veracruz, que a partir de 1716 estuvo acompañada del convento de San Francisco.
A pesar de ser su nombre oficial, la mayoría de los espirituanos reconoce a la Plazoleta Diego Dorado como “la estatua de Judas”. Debe su apelativo a un “digno andaluz casado con una espirituana, que en 1869 se unió a las tropas de Honorato del Castillo para batallar por la libertad de Cuba (...). En 1871 murió combatiendo”.
Así lo explica María Antonieta Jiménez Margolles, historiadora de la ciudad, en su libro Apuntes sobre las construcciones espirituanas.
Más adelante señala: “Hasta 1915, creció en la plazoleta una añeja ceiba. Dos años después fue situado en el lugar un conjunto escultórico dedicado a la memoria del político y periodista Judas Martínez-Moles Echemendía, quien tampoco estuvo ajeno a la gesta independentista”.
Una de las calles perpetúa la memoria de la madre de Serafín Sánchez (Isabel María de Valdivia), la misma que dio a luz a otros hijos que también abrazaron ideas libertarias.
En cuanto a los parques ocurre otro tanto; la mayoría de los espirituanos reconoce ‒por citar un ejemplo‒ al aledaño a la Iglesia de la Caridad como Parque de la Caridad, a pesar de que su nombre oficial es Antonio Maceo.
Sancti Spíritus fue la cuarta villa fundada por Diego Velázquez en Cuba, hecho que se remonta a 1514. Su núcleo urbano fue declarado Monumento Nacional el 10 de octubre de 1978.
Esta es una ciudad que se debate entre el ayer y el hoy porque las tradiciones son tan fuertes que a pesar de los años sus habitantes no renuncian a designar las calles con sus nombres primigenios.
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