Por Orlando Carrió
Don Manuel Santos Parga nació en 1813 en Viveiro, provincia de Lugo, Galicia. Tras emigrar a Cuba,comenzó a trabajar en minas, hasta que compró, en 1859,la finca La Alcancía, ubicada no lejos de la ciudad de Matanzas, en la que mandó construir un horno de cal de un buen nivel técnico, que suministraba parte de los materiales para la edificación del famoso teatro Sauto.
Sin embargo, su destino será otro: un mal día, un tenebroso agujero se tragó una barreta del chino Justo Wong y, casi por azar, descubrió las Cuevas de Bellamar, con sus exuberantes estalactitas y estalagmitas.
Una vez que el gallego apreció la incomparable belleza de Bellamar, repleta de formaciones cristalinas transparentes y brillosas, no vaciló a la hora de arriesgar su capital. El 22 de noviembre de 1862 abrió a los visitantes el que será uno de los primeros centros de recreación de Cuba y el más antiguo que se conserva hasta nuestros días.
Él y su esposa doña Josefa AgustinaVerdugo,originaria de Pontevedra, recibieron a los viajeros en una rústica garita, armados con hachones de cera, antorchas y faroles. Los anotaban en unos registros y, tras darles algunas explicaciones casi doctorales y sonar una escandalosa campana, iniciaban con ellos una excursión que para muchos sería mágica.
En su libro Cuba a pluma y lápiz, el escritor norteamericano Samuel Hazard sentencia: “Quien no ha visto las Cuevas de Bellamar no ha visto Cuba”.Y con los años sus palabras se hicieron ley: cantantes, bailarines, poetas, novelistas, inventores, militares, ministros y embajadores —incrédulos y fascinados—recorrerían en lo sucesivo sus galerías.
Entre los caminantes más ilustres se encontraba, sin duda, el príncipe Alexéi (Alejo), hijo del zar Alejandro II de Rusia, quien 1872 se paseó por el “templo” de don Manuel y, al final, le regaló cien pesos a cada uno de los jóvenes que lo escoltaron con grandes antorchas. Lamentablemente, su visita daría pie a hechos vandálicos que cometieron unos marinos ingleses, el 10 de marzo de 1872, en Bellamar. Roberto Santos comentó en elDiario de la Marina del8 de agosto de 1943:
“Con motivo de la llegada a La Habana del príncipe Alexéi, se realizaron grandes y suntuosos festejos, en los que participó una flota de Inglaterra. Luego, esta se trasladó a Matanzas con el fin de que su vicealmirante concretase su ardiente deseo de hacer un recorrido por Bellamar, acompañado de don Manuel en calidad de guía y cicerone.
“Tanto le gustaron estas, que decidió dar franquicia a la marinería disponible para que al otro día disfrutara del grandioso espectáculo.
“Y aquí fue Troya. Medio centenar de marinos, hartos de reclusión y perfectamente borrachos, irrumpieron en las cuevas, tras regatear para pagar solo la mitad del precio, y armados de cuchillos y palos arremetieron contra las estalactitas y estalagmitas, causando enormes destrozos, a fin de obtener pedazos de suvenir,no sin dejar, como trazos del crimen, algunas pintas de sangre. También atacaron y lesionaron a varios guías y empleados hasta que el dueño de casa se presentó y puso un revólver en las narices de los furibundos agresores.
“El asunto se puso feo, porque la prensa española, haciendo cuestión política un asunto de la Policía, trinó en todos los tonos contra la nación agresora y la incultura tradicional de sus marinos”.
Como indica Ercilio Vento, historiador de Matanzas y de las cuevas, el patrón de Bellamar denunció esta bellaquería ante el Alcalde y el Gobernador de Matanzas y ante el propio Capitán General de la isla. Se creó, incluso, una comisión investigadora que fijó en alrededor de 10 mil pesos el valor de los daños y perjuicios, pero el incidente no pasó de ahí. La Corona británica se las arregló para encubrir el atraco con el propósito de proteger sus inversiones en Cuba.
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