Wifredo Lam, pintor de la cubanía

Por Ciro Bianchi Ross

Tenía, decía él de sí mismo, algo de salvaje y algo de cartesiano. Hizo rigurosos estudios académicos, aprendizaje que plasmó en no pocos cuadros, y ya en Europa, y entusiasmado con la vanguardia, se acercó al cubismo de la época negra de Picasso.

Trascendental resultaría su relación personal con el autor de Guernica y sus acercamientos al arte negro africano. Pero en sentido inverso al de Picasso, el cubano Wifredo Lam asimiló el arte europeo a partir de las maravillas primitivas que llevaba desde su país.

Con ese bagaje, cuando los alemanes ocuparon la capital francesa, regresó a Cuba para reencontrarse con las “vibraciones de la africanía” e iniciar entonces su etapa más fecunda y definitiva en la que, lejos del cubismo —pero sin desdeñar sus ganancias—, se empeñó en dar una visión propia del mestizaje cubano.

Su pintura es sacromágica; telas surgidas agresivamente de la tierra, en las que los espíritus apresados buscan furiosos la materia para manifestarse y a los que obligó a revelar su secreto.

La vida de Lam daría pie para una novela. Hijo de chino y mulata, nació en 1902, en Sagua la Grande, en el norte de la región central de la Isla. Su tatarabuelo negro ganó el sobrenombre de Mano Cortada, debido a la mutilación que sufrió cuando dio muerte a un blanco que quería despojarlo de lo suyo.

Su primera esposa y el hijo que tuvo con ella murieron de hambre en España, en los días de la Guerra Civil. Entonces trabajaba allí en una fábrica de explosivos. Un día decidió visitar a Picasso. El malagueño lo recibió en el cuarto de baño, sumergido en la tina. Se cubrió luego con una toalla enorme y en ese atuendo apreció los cuadros que el cubano llevaba como muestra de su trabajo. “Tú eres un pintor”, le dijo Picasso y decidió promocionarlo.

Llegó la Segunda Guerra Mundial. Su segunda esposa, una alemana, fue apresada por los nazis: la acusaron de haber degradado la raza aria al casarse con un mestizo y dispusieron su internamiento en un campo de concentración. Amigos franceses lograron liberarla; el matrimonio escapó a Marsella como primera escala de su viaje a América.

Una noche, ya en La Habana, lo visitó Igor Stravinsky. La conversación fue amena e interesante, pero el pintor deseaba que el compositor acabara de marcharse. Miraba con insistencia el techo de la sala donde platicaban y se decía: “Se va a caer, se va caer…”. Stravinsky se retiró sin percance alguno. Pero esa noche el techo de aquella sala se vino abajo.

Su viaje a Haití sería decisivo en su obra. En efecto, señala la crítica, resulta imposible el análisis de la simbología de Lam sin aludir al vodú haitiano, la santería afrocubana, el ñañiguismo habanero, los tambores y maracas de los negros, los látigos y los cepos de la esclavitud.

De niño y adolescente, el pintor vivió inmerso en los cultos sincréticos cubanos y en la práctica del espiritismo que animaban a sus mayores. Desde la más tierna infancia       —afirmó en una ocasión— había vivido la zozobra “de no ser sino una cosa entre las cosas, una presencia muda frente a objetos sin nombre”.

Sus estancias en Nueva York influyeron poderosamente en el movimiento del expresionismo abstracto (Gorky, Pollock, Kooning…). En México, alternó con Diego Rivera. Recorrió la meseta de Auyan-Tepuy y el Salto del Ángel, en Venezuela, y en Colombia, el Paso del Águila. En 1956 se estableció en Europa, pero el triunfo de la Revolución Cubana le impuso regresos periódicos y largos a su tierra.

Murió en 1982. Pidió que una porción de sus cenizas se trajeran a Cuba. Uno de sus grandes cuadros, La jungla (1942), cima, para muchos, de la pintura del Tercer Mundo, se exhibe de manera permanente en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Otra de sus piezas capitales, La silla, está en el Museo Nacional de Bellas Artes, de La Habana.

Vivió en la encrucijada de varias culturas, pero no fue el suyo un arte ecléctico ni de un arcaísmo imitativo de lo negro, sino una conjugación de corrientes que en él se fundieron. 

Entregó, con su obra, una dimensión de la identidad cubana. Lo hizo con un lenguaje específico, con una profundidad poco lograda hasta entonces,  y develó así el mundo que quiso apresar. Fue salvaje y cartesiano, un pintor de la cubanía.

         

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